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Año 3 | No. 11 | 2016.

| Sexo, luego existo, luego amo

Llegué a Bogotá un 20 de Enero, planeaba quedarme una semana, han pasado 10 años, creo que es momento de regresar.

Por Roberto Chávez | Junio 2016


It's no fun hurting someone
who means nothing to you.
Oscar
BITTER MOON (1992)

Llegué a El Dorado, el segundo aeropuerto con más afluencia de pasajeros en Latinoamérica, sólo antecedido por aquel en el que me había embarcado en la Ciudad de México. Salto de un monstruo a otro monstruo, me dije, pero igual de interesantes, al fin.

Mi interés en esta ciudad, específicamente, nacía en mi carencia de recursos, una amiga me había regalado el boleto de avión y el hospedaje pues un exnovio suyo había rechazado alcanzarla en aquel lugar como parte de un itinerario, en un gran viaje por Sudamérica, larga historia que aquí no contaré, en otra ocasión seguramente.

Yo nunca había viajado en mi vida ni siquiera a las inmediaciones del municipio que habité durante mis primeros 27 años de existencia. Tenía demasiadas preocupaciones como para pensar en algo tan banal como viajar por diversión, privilegio superfluo de otras clases.

Viajar de esta manera se convertía en pecaminoso para mí, era demasiado llegar al palacio municipal en 16 de septiembre para ver el desfile del día de independencia, un verdadero lujo inútil.

Viajar, en mi caso, se reducía a un recorrido desde el corazón de Chimalhuacán hasta la entrada de empleados de intendencia en una oficina en Las Palmas, cerca de Reforma, justo ahí donde conocí a Jimena, esa chava extraña que convivía con todo mundo en ese edificio lleno de gente que no me dirigía la vista ni por error.

En fin, una vez instalado en un hotelito del barrio de La Candelaria, en las cercanías del centro de Bogotá, me armé de valor y decidí hacer lo que nunca había hecho en mi vida, conocer. Puse un pie en la calle y caminé, caminé y caminé, sin rumbo alguno. Todo, absolutamente todo en el panorama llamaba mi atención, desde la venta de té de coca, que te proporcionaba una buena dosis de energía sugestiva, hasta ese mundo de aparentes zombies que habitaban la Bogotá nocturna, no recuerdo haber visto un solo policía en mi deambular por las calles después de las 9 de la noche, por lo que sentía una mezcla extraña entre estar en casa y simultáneamente a millones de kilómetros de ella.

Sin importarme la aparente inseguridad, nada a lo que no estuviera acostumbrado, caminé por calle 13, carrera 9, avenida Jiménez, carrera 7, pasé por la Plaza de Bolívar, se me acercaron varios habitantes de las calles nocturnas, sólo me pidieron algunos pesos que con gusto repartí, lo que podía dar, claro.

La ciudad me sedujo tanto que no pude dejar de caminar, incluso, durante toda la noche. Caminé y caminé, sintiendo que no podría dejar de hacerlo nunca, amaneció, experimenté el nacer del sol bogotano y en vez de reducir el paso, cual nueva energía solar, decidí continuar mi andar.


Nunca fui tan libre en mi vida, y esta ciudad me hacía sentir como si volar sin rumbo alguno, tuviera todo el sentido. Así que decidí seguir volando, por horas y horas, si había pasado por un mismo lugar varias veces, no podía distinguirlo, tal vez porque pasar a diferentes horas lo hacía ver siempre distinto.

La tarde empezó a ceder y aunque tenía un poco de hambre, tenía demasiada ocupación como para preocuparme por algo tan banal como el alimento, algo que desde hacía mucho había aprendido a dominar sin mayor problema, pasé por un edificio que se me hizo conocido, seguramente había pasado por ese lugar más de una vez, parecía algo así como un teatro.

En la fila había algo que me llamaba, una gran diversidad de personas, de todas las edades, esa combinación me causó gran curiosidad, y a diferencia de la ciudad de México, finalmente una fila me llamó para integrarme a ella sin necesidad de saber con toda certeza de qué se trataba.

Me acerqué y pregunté a quien se encontraba hasta el final para qué era todo ese asunto, es la Cinemateca Distrital me comentó, buenas pelis, menor costo. No necesité más publicidad, me formé, pasaron los minutos y no avanzaba, finalmente nos movimos un poco, y así estuvimos por periodos de 5 minutos, hasta que finalmente me acerqué a una pequeña entrada que se encontraba a un costado del gran teatro, la entrada era tan pequeña que no podía creer que dentro existiese, al menos una sala de cine por diminuta que esta fuera.

Por fin llegó mi turno, el acceso era un cuentagotas desesperante, todos se arremolinaban en torno a una pequeña rendija toda vez que quien se encontraba dentro abría el pequeñísimo portal, justo al llegar yo, hice lo mismo que mis antecesores, me apretujé contra la puerta y en cuanto se abrió me dijo una voz dulce y directa, muy bogotana, deje salir, dos personas van a salir, lo permití, acto seguido, volví a mi intento por ingresar, la voz dulce me dijo ya no se puede, está muy lleno, no hay espacio para vos, ellos salen porque ya no hay lugar.

Cuál es el problema, me dije, sólo soy yo, con un espacio más que miserable me es más que suficiente, déjame pasar, insistí, no eres de aquí, contestó la voz, me quedé callado, no me gustaba llamar la atención más de lo necesario. Pasa pues, y date cuenta por ti mismo que aquí no cabe otra alma. Tenía razón, el lugar se encontraba perfectamente optimizado, aunque era pequeño, creo había dentro tanta gente como en una sala grande, no había escalón sin cuatro personas perfectamente acomodadas y ni hablar de cómo pasar, simplemente no se podía.

Por un momento me quedé viendo hacia la pantalla, un hombre en silla de ruedas era insultado por una hermosa mujer, siendo verdaderamente despreciado, la escena me atrapó instantáneamente, podía leer una profunda relación entre los personajes que se desbordaba más allá del deseo y la necesidad de soportar cualquier cosa con tal de seguir juntos.

No deja ver parce, me regresó una voz, no me quedó más remedio que abandonar la sala, me dirigí a la pequeña puerta, antes de abrirse para permitirme salir, otra voz me dijo, ya ves, sólo el terco entra para enterarse de lo que el sabio no necesita, hasta ese momento no había prestado atención a la dueña de tan dulce y meridional voz, con una belleza igualmente exótica, que tal vez a la primera pasa desapercibida, pero no a la segunda, no hubo oportunidad de decir más, los que estaban fuera insistían en entrar, y ella sólo me permitió pasar por una pequeña rendija, en cuanto puse mi último pie del otro lado, en ese preciso instante se cerró la puerta, no pude decirle te invito un tinto de 500 pesos, algo así como tres pesos mexicanos por una pequeña dosis de café dulcemente balanceado con panela, de esos que venden los señores que traen un termo deambulando por las calles, mi gran descubrimiento en la tierra del café, ese y la cerveza, Club Colombia, roja, negra, dorada, a precio de abarrotes en cualquier esquina y sobre todo, poder beberla en la vía pública sin ser molestado por autoridad alguna.


En fin, después de un fallido intento por conocer un cine colombiano volví a mi actividad principal, caminar por las calles de Bogotá, caminar era lo mío, mi experiencia con Transmilenio, el medio de transporte más difundido, había sido un desastre, y buscar comprenderlo fue aún peor, opté por subir y bajar donde se me diera la gana, regresar a un punto que me resultara conocido sólo pude lograrlo caminando.

Caminando llegué a un pequeño café, pedí un tinto y un buñuelo, mi cena de todos los días, mientras escuchaba reggeton de algún negocio cercano en un andador sobre carrera 9. Me da un chicharrón, dijo alguien con voz que no me era desconocida, la dependienta le entregó un pan con forma de costillar, era ella, la misma chava de la puerta de la Cinemateca.

Desde mi rincón la observé detenidamente, no podía dejar de hacerlo, por los ojos me entraba, y debía, a toda costa, obtener el mayor registro posible de toda ella, era una atracción extraña, algo que vislumbré en mi fugaz paso por la estrecha puerta de la Cinemateca Distrital de Bogotá. Instantáneamente me di cuenta de que no soportaría dejar un nuevo encuentro simplemente a la suerte.

Con mi cena entre las manos, me acerqué a su mesita de plástico, sabía que ese podía ser un momento que decidiera buena parte de mi presente y por qué no, de un futuro no muy cercano, así que tuve que pensar en la frase más inteligente que hasta ese día hubiese formulado.

Quiero coger contigo, menos mal que en Colombia esto no significa gran cosa, así que sólo se rió, sin embargo mi proyección no era nada lejana a lo que deseaba hacer con ella, no una, no dos, no tres veces, toda la vida, completé la frase en mi cabeza justo antes de comprender el tamaño de mi inteligencia. Qué usted quiere coger, me preguntó. Me quedé callado, sin saber para qué abrir el hocico que tenía por boca, nuevamente sonrió, está bien me dijo. Nuestra descompuesta conversación no hizo más que inaugurar una descompuesta relación que duró casi diez años. Después de todo ese tiempo, finalmente hoy me despido del segundo país que pisé en mi vida y por supuesto, de ella.


Mi intención no es contar en estas líneas los accidentados eventos de nuestra pasional, enferma y distorsionada relación, que haciendo una pequeña remembranza de diez años visitando la Cinemateca, tal vez sí tuvo un poco del desequilibrio de Luna Amarga (1992) de Polansky y otro tanto de las obsesiones de Manhattan (1979) de Allen, o la locura de Head-On (2004) de Akin, el desenfreno de Crash (1996) de Cronenberg, o la fragilidad absurda de la Insoportable levedad del ser (1988), una dosis del amor desalmado de Natural Born Killers (1994) y otra pisca de Bonnie and Clyde (1967), el deseo salvaje e incomprensible de Tres colores: Blanco (1994) de Kieslowski, y la búsqueda erótica y desbordada de Twentynine palms (2003) o Zabriskie point (1970), un dejo de lo prohibitivo de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (1989) de Greenaway, la escusa vacía de Lucía y el sexo (2001), y las mil y un variables de Las Mil y una noches (1974) de Passolini, algo de la ruptura profana de Viridiana (1961) y todo el calvario de Happy Together (1997) de Won Kar Wai. Así es, toda nuestra relación estuvo siempre ahí, en la pequeña salita de la Cinemateca Distrital de Bogotá, fue el primer cine que realmente conocí y la primera cinematografía que por snob y farolescamente perturbadora pueda repicar en mi conciencia ignorante, he de jurar que no es así, nuestra relación nunca se pareció a algo que debió haber durado diez años en una cultura ajena para mí, sin embargo, puedo jurar también, que esa cultura  es más cercana a la psicodelia de nuestra realidad que a las mieles de historias de princesas que en Bogotá simplemente hubieran destrozado mis agridulces y desenfadadas perversiones.

Luna Amarga (1992)
Manhattan (1979)
Head-On (2004)
Crash (1996)

Natural Born Killers (1994)