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Año 3 | No. 11 | 2016.

| Cabeza de Panque

Al estar en la panadería pude observar la forma en la que me miraba Rebeca, mi vecina. Ya imagino lo que ella y todos los demás han de pensar de mí, después de lo ocurrido, pero saben una cosa no me importa. Aquí entre nos, desde hace tiempo quería que todo mundo lo supiera, una parte de mí anhelaba ser descubierta.

Junio 2016


Algo Más que Una Cabeza de Panque

De niña siempre imaginé mi vida de casada. Soñaba con el esposo amoroso, los hijos educados y destacados por su inteligencia, una hermosa casa ubicada en algún lujoso fraccionamiento, pero eso nunca ocurrió. En vez de ello me tocó casarme con un hombre, que si bien era romántico, no sabía como atender a una mujer; ya saben ustedes a que me refiero. Respecto a los eminentes hijos y la casa color pastel de los suburbios, mejor ni hablar pues nada de eso se logró y no era para más si a mi lado tenía un esposo que labora los 7 días de la semana como chalan en un taller mecánico y un par de niños regordetes que no pueden diferenciar una vocal de una consonante. Al inicio de la relación me arriesgué a aceptar todos esos defectos con la esperanza de que con el tiempo las cosas cambiarían. Que estúpida fui.

Fueron ocho largos años de esperar a que mi turno de ser feliz ocurriera, pero verano tras verano, ese sueño simplemente se degradó. Ya no me encontraba dichosa ni en la calle, ni en la cocina y mucho menos en la cama. Y es que tener sexo con Javier era poco más aburrido que escuchar por la radio la narración de una partida de ajedrez. Siempre siguiendo el mismo ritual: El se encueraba, dejando expuestos sus 10 cm de hombría, que en vez de pene parecía un pequeño y abultado panque; me  abría las piernas, colocaba sus dedos grasientos sobre mis pechos, metía su cosita en mi intimidad e inmediatamente comenzaba a agitarse mientras me lengüeteaba el cuello. Dicho acto no solía durar más de 10 minutos y una vez finalizado me daba un beso en la frente, se recostaba a mi lado para después quedarse dormido con una sonrisa de idiota en la boca. Francamente me hice a la idea de que así transcurriría el resto de mi vida, pero no contaba con que aquellos tortuosos momentos estaban por dar un giro inesperado.

Fue hace seis meses atrás, me encontraba a bordo del microbús, cuando un joven apuesto se sentó  a mi lado. Desde que lo vi subir, me sobresalte pues tenía gran parecido con aquel hombre de mi juventud que tanto imaginaba y fantaseaba para que fuera el padre de mis hijos. Recuerdo que había mucho trafico, el calor era insoportable y un pasajero de atrás traía un bebé en brazos que no paraba de llorar. Me encontraba desesperada pues creía que no llegaría a tiempo para recoger a mis hijos de la escuela, a cada momento miraba el reloj y en una de esas mientras verificaba la hora, pude ver de reojo como aquel hombre se puso la mano sobre su pantalón y dio una ligera sobada a su pene, que evidentemente era todo menos un “pequeño y abultado panque”. En un principio me quede congelada, sin poder despegar los ojos del reloj, una parte de mi creía que quizá él simplemente se rasco pero esa duda pronto se despejo cuando lo repitió una y otra vez; prácticamente se me estaba ofreciendo y bueno ni como negarme. Así que procedí a poner mi mano sobre mi pierna y lentamente acercarla a la de él. Me costo mucho trabajo dar el siguiente pasó pero un enferenon del microbús, hizo que de un momento a otro estuviera sujetando aquellote.

Ambos sonreímos, él con la mirada sugirió que nos bajáramos del transporte; desde ese momento mis recuerdos pasan en blanco por completo… cuando vuelvo en sí, estoy trepada al guayabo, dentro de una habitación de un hotel de paso. Respecto a mis hijos, solo puedo decir que desde ese día aprendieron a llegar a casa por cuenta propia. Y así es como mis martes y jueves por las tardes se llenaron de lujuria y sexo desenfrenado.

Su nombre era Josué, laboraba por cuenta propia como diseñador web o algo así, era soltero. Sólo nos podíamos ver esos días ya que los demás los dedicaba a su trabajo, familia y amigos. Estar a su lado era realmente explosivo: sentirme entre sus brazos, tenerlo dentro de mí, saborear sus besos, oler su perfume; todo en sí era como dar un paseo en la montaña rusa, sabiendo que minutos antes te habías sacado la lotería. En cierto grado, mi familia disfrutó los beneficios de esta relación pues yo llegaba a casa con otra actitud, sonreía más, en la intimidad con mi marido era expresiva y complaciente, pues sustituía la cara abotagada de Javier por la de mi semental amante. Supuse que los días amargos habían llegado a su fin, que para mi se aproximaba todo aquello que merecía; lamentablemente el destino me tenía deparada otra vuelta de tuerca.


Ocurrió el jueves pasado, me encontraba en el hotel con Josué en medio de la mejor penetración que hasta la fecha me habían dado. Nuestros gemidos retumbaban a lo largo y ancho de la habitación, él me sujetaba el cabello mientras me daba tremenda sangoloteada, por instantes creía que regresaría a casa calva y partida a la mitad. Estaba en medio del placer cuando sentí que sus manos sujetaron mi cabello con gran fuerza y el dolor me obligo a mirarlo a la cara, al hacerlo vi que sus ojos parecían un par de huevos cosidos y su rostro había palidecido. Creí que era a causa del orgasmo pero al caer su cuerpo de forma rígida sobre el mío supe que definitivamente algo le ocurría. Aún dentro de mí y sus manos apretándome la cabellera, fue como él tuvo la genial idea de sufrir un infarto fulminante. Pasé más de una hora intentado quitármelo de encima para poder vestirme y huir del lugar… resultó inútil. Fueron mis gritos de auxilio los que obligaron al gerente, personal de intendencia y  uno que otro curioso a arribar al lugar; policías, equipo de rescate y peritos acudieron minutos mas tarde para rescatarme de las manos de mi difunto amante. De ahí en adelante siguieron declaraciones, servicios médicos, entrevistas.

A la mañana siguiente mi imagen comprometedora circulaba por internet, televisión y todos los periódicos. Javier se compadeció de mis declaraciones y argumentos del porque lo engañé y decidió perdonarme, después de todo es un hombre con buen corazón, torpe, pero con buen corazón y eso se agradece. Esta noche mientras escribo, él duerme profundamente mostrando su tan odiosa sonrisa y su mediocre virilidad. Sé que mis hijos son pequeños y pronto olvidarán lo ocurrido, mi esposo tratará de poner mas empeño al darme placer pero segura estoy que poco logrará,  los vecinos me tendrán en la mira por unos días hasta que alguien cometa un error y cuando eso suceda, estaré lista para buscar a alguien mas que me de aquello que tanto necesito pero esta vez extremaré precauciones.