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Año 3 | No. 11 | 2016.

| Delimitación espejo del AntiRomance

El romance nace de la palabra, la lengua es primigenia, genio primario de la voz, verbo que le da origen a lo conocido, lenguaje de prosapia divina “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”.

Por Imperitus Beele | Junio 2016


“Todas mis cintas están grabadas
con el crujir de tus rodillas,
Al levantarme por las mañanas
oigo esa música sagrada”
El crujir de tus rodillas. Los Nu Niles.

El romance es la directriz que nos ha parido, hembra lupus de mamas dispuestas a las bocas hambrientas de cultura y mestizaje. Demos gracias a esa nutrix de Rómulo y Remo, de quienes se desprende el germen de nosotros los Latinos, los hijos de esa península primaria. Nunca más sobajados por el sustantivo, nunca más la vergüenza sonrojará nuestra faz por ser tildados con ese apelativo, somos amalgama, somos mestizaje, somos Latinos, somos Romance.

Y es que no existe una acotación absoluta para para esta palabra, el romance es en lo general un lenguaje derivado del Latín, lengua madre de la antigua Roma, raíz del catalán, francés, italiano, rumano, euskera, por mencionar algunos hermanos en un motivo lingüista. Síntesis de vocablos-localismos que se fueron permeando por el habla de los “hijos” de la Loba.

Posteriormente con un español en forma, Bernardo Pérez de Vargas o Antonio de Torquemada sirvieron a la narrativa caballeresca, relatos en prosa o verso contando hazañas epopéyicas de caballeros, a las cuales se nombró Romance. También la lírica tuvo un lugar para este calificativo, es una composición poética de temática épica en verso, donde su característica recaía en rimar asonantemente los versos pares y en los impares la carencia de rima.

Ya para los origines de nuestro florido idioma se denominaba a los relatos en latín o simplemente a una novela, como Romance.

En la actualidad es común tomar al romance como una relación idílica entre parejas, relatos embelesados con remanentes de rosas cursilerías y atiborrados de alegorías estéticas; estética con normas en común para hacer llamar a algo como Romance. De la misma manera la antítesis del término se basa en el antirromance  (por antonomasia) pero, el antirromance también tendría “normas” establecidas para su catalogación, procedimientos que por definición axiomática caerían en lo estético. Algo redundante contraponer la estética para definir a la antiestética. Para todo Romance esta un Antirromance.

Y porque nada es tan antirromántico como teorizar el romance, para referirme y acotar a su antítesis no he encontrado otra cosa más allá que lo empírico. Porque el romance es la idealización de un arquetipo, el amor como socioconstructo autocumplido para toda persona enamorada: el príncipe azul, el amor imposible, buscar un encuentro casual... El antirromance es la experiencia propia en la materia, es la individualización y apropiación única del romance en tiempo y espacio determinado para cada experienciado.

Defino a la antiestética del romance como el estar solo con la persona amada frente a unas bocinas mientras vociferan los ecos de un SINO recién llegado, que lejos de sonar “padre” sonaba “Poca Madre”. Al sonido encapsulante de unos españoles menospreciados y poco visitados mientras llevan a la praxis las notas de Agrupación de Mujeres Violentas; a eso lo llamo antirromance.

 

Asigno un  antirromance cuando entre discusiones sobres libros, autores y narraciones sobresale la concordia, la armonía lame las llagas cuando acordamos la mierda que fue Diego con Quiela y el amor incondicional que le profesaba ella. La conformidad nos sobrelleva cuando recordamos los afanosos guisos de Eufrosina para el letrado y caprichoso Tío Tito. La aquiescencia nos pertenece cuando el hastío cursi y meloso de Ninguna eternidad como la mía nos asfixia como una bocanada de algodón de azúcar.

Defino axiomáticamente a la estética del romance como abrazar a ese ser amado mientras unos fulanos anacrónicos tocan para ella (no para los demás asistentes al concierto), Kumbala. En ese punto todo tiene una razón de ser, el universo es y se conjuga para saberlo todo, y las cosas dejan de ser para seguir siendo lo que nunca volverán a ser (porque el antirromance como todo momento es irrepetible).


El antirromance es único cuando intentas explicar con lo que entonces crees argumentos (ni suficientes, ni necesarios) la mayor influencia en la música de unos “Crafverc” o los “Frontuforitu” contra la huella de los inalcanzables Rolinstons, por que las “razones” faltan cuando la experiencia desborda esas tasas de té en su (tu) rostro. La tesis es insuficiente cuando el ensayo y el error nos recuerdan lo que fuimos con base en los gustos y la experiencia de los demás.

El antirromance es la razón de saberlo todo sin dejar de ignorar lo desconocido. El antirromance es el romance individualizado, es la experiencia propia reflejada en el otro. No hay un Yo sin un Tú, no hablo de Mí sino de Nosotros, porque no dejo de ser Yo para ser Tú, Valeria.