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Año 2 | No. 7 | 2015.

| De Película

Los límites artificiales son peores que los límites naturales, porque los primeros constituyen un bloqueo VOLUNTARIO al conocimiento, mientras que los segundos conforman la imposibilidad absoluta a nuestro sistema evolutivo.

Por Roberto Chávez | Abril 2015


Henry Frankenstein: Look! It's moving. It's alive. It's alive...
It's alive, it's moving, it's alive, it's alive, it's alive, it's alive, IT'S ALIVE!
Victor Moritz: Henry - In the name of God!
Henry Frankenstein: Oh, in the name of God!
Now I know what it feels like to be God!
FRANKENSTEIN (1931)

Nos encontramos a bordo del Prometheus, nave de vigésima generación con capacidad de autonomía intergaláctica. Su sistema de rastreo de puentes Einstein-Rosen es lo más avanzado que haya construido la humanidad hasta el día de hoy, esto mismo nos ha permitido llegar hasta puntos insospechados del universo, creando rutas inimaginables que de otro modo, el hombre hubiera tardado trillones de años en alcanzar.


Todo empezó con el surgimiento de la superteoría del cosmos, la cual unifica la relatividad general con la mecánica cuántica. Este evento, prácticamente, nos llevó a suponer lo peor. No sólo abrió un gran espectro de posibilidades, sino permitió que lo último que tenía Pandora para nosotros finalmente saliera de la caja. Según el mito, Elpis se encontraba al fondo y era la esperanza, pero en realidad era una pared, Zeus nos engañó.

Hace mucho tiempo se demostró que los agujeros de Schwarzschild no existen, por lo tanto, hemos abandonado la idea de visitar otros universos, eso, simplemente es imposible. Así que nos hemos dedicado a recorrer nuestro cosmos ampliamente, pero hasta ahora, nunca nos habíamos topado con un agujero de Lorentz que nos llevara hacia los límites del universo, es decir, hacia un punto donde ridículamente no hubiera posibilidad de avanzar un paso más.

Ridículamente este punto ha sido encontrado. Cualquiera pensaría que hemos alcanzado los confines del universo actual y a partir de ahí, como en la Historia sin Fin de Ende, sólo reinaría la nada, y si nos adentráramos en ella sólo lograríamos alejarnos más y más del universo material, y no es así, hemos descubierto que por más que intentemos alejarnos no lo logramos, y no es que el universo se esté expandiendo a la velocidad que queremos alejarnos, no es así. Hace algunos siglos se demostró que el universo se expande y se contrae con cierta regularidad, oscilando entre dos fronteras, una que lo detiene y otra que lo contiene.

Lo único que nos faltaba era conocer su límite y finalmente lo hemos encontrado. Literalmente, justo frente al Prometheus, se cierne una monstruosa pared infranqueable hecha de absolutamente nada, no nos alejamos de la galaxia más cercana, ni nos acercamos a absolutamente nada. Simple y llanamente hemos tocado la frontera última, la bóveda que nos encierra. Sabíamos que podíamos llegar a aquí algún día, sabíamos que esa pared existía, pero nos negábamos a aceptarlo ya que eso implicaría sabernos solos y sin mayor futuro que esperar la extinción de la humanidad y tal vez la desaparición del único ente creativo que ha habitado el universo en muchos billones de años.

Hace varios milenios, en algún lugar de África la evolución comprendió que la creatividad podría ser un instrumento útil en la adaptación al medio. No sólo fue así, la creatividad nos ha permitido desde entonces dominar el mundo que habitamos, e incluso, nos ha hecho creer que somos el centro de una creación perfecta, el universo se hizo para nosotros. Y tal es nuestro descarado egocentrismo que nuestra creatividad no se detiene ante nada, históricamente hemos creado simbolismos, interpretaciones, creencias, mitologías, religiones, literaturas y un sinfín de ideas que permiten explorar lo desconocido, que nos dejan explicar lo inexplicable.

La humanidad posee una gran tradición creativa para explicar el funcionamiento de todo y de igual manera, ha desarrollado un gran talento para explicar el funcionamiento de lo que aún no puede ser desentrañado. Y así es como encontramos grandes similitudes entre la religión y las historias de ciencia ficción, ambas poseen dos grandes cualidades creativas, cuando la frontera de lo inexplicable es alcanzada, la imaginación se sube a escena y trabaja arduamente. Lo que sigue es lo que mejor sabemos hacer, especular, inventar, crear, imaginar.


Tan solo un ejemplo:

Durante el verano boreal de 1816, el año sin verano, Mary Shelley y su marido Percy Bysshe Shelley, hicieron una visita a su amigo Lord Byron que entonces residía en Villa Diodati, Suiza. Después de leer una antología alemana de historias de fantasmas, Byron retó a los Shelley y a su médico personal John Polidori a componer, cada uno, una historia de terror. De los cuatro, sólo Polidori completó la historia, pero Mary concibió una idea, esa idea fue el germen de la que es considerada la primera historia moderna de ciencia ficción y una excelente novela de terror gótico. Pocos días después tuvo una pesadilla y escribió lo que sería el cuarto capítulo del libro. Se basó en las conversaciones que mantenían con frecuencia Polidori y Percy Shelley respecto de las nuevas investigaciones sobre Luigi Galvani y de Erasmus Darwin, que trataban sobre el poder de la electricidad para revivir cuerpos ya inertes.

En lo que concierne al personaje del doctor en la historia de Shelley, cabe señalar que una referencia fue el científico amateur Andrew Crosse. Mary Shelley conocía las actividades de Crosse, contemporáneo suyo, a través de un amigo común, el poeta Robert Southey. Andrew Crosse solía experimentar con cadáveres y electricidad, en aquel entonces una energía apenas estudiada y rodeada de un halo de misterio y omnipotencia. El 28 de diciembre de 1814 Mary asistió, junto a su esposo, a una conferencia del extravagante científico. En ella le conoció personalmente y extrajo muchos datos acerca de la forma en la que afirmaba crear vida a partir de la electricidad. En 1807, Crosse había empezado a trabajar en el experimento de creación de vida a partir de su electro-cristalización de materia inanimada. El mismo año afirmó haber creado pequeñas criaturas en forma de insectos que lograban andar y desenvolverse por sí mismas. El científico nunca llegó a explicar el supuesto fenómeno como así reconocería más adelante. En 1807 había consenso científico respecto a descartar la generación espontánea como origen de la vida, si bien la esterilización de las muestras no era una práctica extendida ni seguramente conocida por un experimentador sin formación, muy probablemente Crosse sólo criara pequeños insectos a partir de huevos depositados en su “materia inanimada”.


La dura oposición a Crosse no sólo fue científica sino religiosa y optó por retirarse a la soledad de su mansión de Fyne Court. Algunos religiosos de la época consideraron a Crosse un ser endemoniado. Se llegó al extremo de que el reverendo Philip Smith tuvo que celebrar una serie de exorcismos en todas las propiedades de Andrew Crosse, en sus equipos de trabajo y sobre su propia persona. Crosse se volvió huraño y desconfiado, aunque continuó investigando. Sin embargo el 26 de mayo de 1855 tuvo un ataque de parálisis del que nunca se recuperó. El 6 de julio del mismo año falleció. La mansión de Fyne Court fue pasto de las llamas, y con ellas se fueron el laboratorio y los archivos del hombre que afirmó haber creado vida.

Frankenstein de Mary Shelley, es considerada la novela que inaugura el género de ciencia ficción, toda su construcción se sustenta en una anécdota y, posteriormente, en la fundamentación de eventos que empezaban a crear inquietud entre la comunidad científica de aquella época. Para cocinar verdadera ciencia ficción sólo faltaba un ingrediente extra, una imaginación lo suficientemente especulativa, que sustentada en semejante poderío de verosimilitud, diera rienda suelta a posibilidades de creación insospechadas, pero lo suficientemente insertadas en el vínculo entre nuestro inconsciente y nuestra conciencia como para crear algo mucho más potente que el terror sobrenatural, el terror asequible, el que parte de la ciencia con un sello netamente genuino, original y contundente.


A partir de este momento en la historia de la literatura, fue concebido un género con posibilidades ilimitadas, que conectaba nuestro universo (con todas sus leyes físicas) a otra cantidad infinita de universos, que están allá afuera, tal y como lo haría un agujero de Schwarzschild. Era el género perfecto para un nuevo lenguaje llamado cine, la potencia del rigor científico aunado a la potencia de la imagen, de hecho, las primeras películas no dudarían en abordar este género:

20,000 Leagues Under the Sea (1916)
20,000 Leagues Under the Sea (1916)

Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1920)
Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1920)

Aelita (1924)
Aelita (1924)

Orlacs Hände (1924)
Orlacs Hände (1924)

Metrópolis (1927)
Metrópolis (1927)

Frau im Mond. (1929)
Frau im Mond. (1929)

Svengali (1931)
Svengali (1931)

Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1931)
Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1931)

Frankenstein (1931)
Frankenstein (1931)


La lista podría continuar y continuar de manera interminable hasta nuestros días, la ciencia ficción, sin duda, ha sido uno de los géneros más prolíficos en la corta historia de la cinematografía mundial. Aquí, la imaginación realmente vuela y viaja hasta los confines de los confines. Y no sólo lo hace, tampoco deja de asombrarnos, como si verdaderamente estuviéramos allá.