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Año 2 | No. 10 | 2015.

| El Librero

Podría evocar a los espíritus para tomar, pero ellos aluden a otras creencias de nuestra muy bien definida cultura popular; sin embargo el alcohol, los chochos y otras hierbas del “mal”,  bien cumplen con el efecto que describe el nombre de ese remedio para niños, pues al ingerirlos es como estar poseídos o de menos en otra órbita lunar.

Por Itzel Santos / Diciembre 2015


A decir verdad  a mi parecer los caminos de la mente humana son infinitos y en una vida es imposible explorarlos todos; y creo que mostrarnos los más posibles es justo la ensoñación de los escritores, quienes se aventuran a vivir y hacernos vivir mediante sus letras, llevándonos de la mano hacia la búsqueda de ese cristal fractal que promete ser el Aleph del que habla el divino Borges, desde donde miremos en un mismo instante todos los mundos habidos y por haber.

Y si a ello le agregamos los excesos, encontramos que en toda época existe una corriente salvaje y maldita de literatos que saca lo más oscuro de sí, para con encanto darlo a conocer entre quienes gustamos de lo mismo o quienes tememos todo aquello que describen, pero que como parte de la naturaleza humana sin remedio alguno, al tocarlo con la vista termina por atraernos hacia el vórtice de su locura y de nuestra propia y particular demencia.

En esta ocasión recordaremos entre bohemia, vino tinto y droga a Charles Baudelaire, poeta francés, nacido en 1821,  quien así pasó la vida cantando, bebiendo y gozando de las mieles que las prostitutas le dieran, y por las que al final pereciera, y claro está mucho de ello lo podemos ver descrito en sus obras.

¿Pero qué fue lo que hizo de él, esa persona ruidosa para las vistas santiguadas de su contesto? Para comenzar hemos de recordar que su historia personal no fue tan afortunada, ya que su padre murió joven y su madre contrajo nuevas nupcias, por lo que él sufriría el desapego de su progenitora, lo que unido a su carácter, terminó por encaminarlo hacia una vida sin reglas y llena de delicias, no aceptables para la moral de la época; no por nada la obra que mejor retrata su existir "Libertino", es el poemario de "Las Flores del Mal" (1857), el cual en su momento le acarreó una lluvia de maledicencias por parte del sector burgués, de doble moral, tan común en su bella época; dentro de esta obra encontramos el siguiente poema corto, el cual nos da una probadita de  todo lo que podemos esperar de él: 

La destrucción
A mi lado sin tregua el Demonio se agita;
En torno de mi flota como un aire impalpable;
Lo trago y noto cómo abrasa mis pulmones
De un deseo llenándolos culpable e infinito.

Toma, a veces, pues sabe de mi amor por el Arte,
De la más seductora mujer las apariencias,
y acudiendo a especiosos pretextos de adulón
Mis labios acostumbra a filtros depravados.

Lejos de la mirada de Dios así me lleva,
Jadeante y deshecho por la fatiga, al centro
De las hondas y solas planicies del Hastío,

Y arroja ante mis ojos, de confusión repletos,
Vestiduras manchadas y entreabiertas heridas,
¡Y el sangriento aparato que en la Destrucción vive!


Otro intrépido coetáneo fue el bello Arthur Rimbaud, también poeta francés nacido en 1854, que se excedió en todos los campos, hasta en el sexual, pues es bien sabido que era homosexual y que no ocultaba este hecho, que para su época, pesaba incluso mucho más que cualquier exceso causado por las mujeres, el vino o las drogas. 

Sus pecados predilectos: blasfemar contra Dios, beber ajenjo, inhalar hachis y fumar opio,  así era el joven Arthur a sus 17 años, después de haber vivido en una casa criado sólo por la madre bajo reglas de extremo rigor, no encontró otro camino más que la sublevación personal, por lo cual decidió ser poeta, y al asumirse como tal afirmaría que la única manera de serlo debía ser mediante toda clase de experiencias, sólo así el podría hablar desde el alma.

De sus escritos desafortunadamente muy poco se puede contar, pues oficialmente el único material que se le conoce es el largo poema  "Una temporada en el infierno", mediante el cual deja al lector entrar en su vida personal, tanto como para  llegar hasta lo profundo de sus miedos.

Una temporada en el infierno (sólo unas líneas)

Invoqué a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena.
 El infortunio fue mi dios. Yo me he tendido cuan largo era en el barro. Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura. Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota.


De los demás poemas que se conocen, sólo se puede decir han sido rescatados, porque la persona a la que en su momento se lo ha obsequiado, lo ha dado a conocer públicamente; pero no existe otra forma de comprobar que efectivamente hayan sido de Rimbaud. Aunque lo cierto es que este joven aventurero se complacía mucho en regalar de mano a mano sus escritos, según declaraciones de quienes lo trataron.

Y ya adentrándonos a otras épocas y siendo más rudos, nos encontramos con la cultura norteamericana de los años 50,  llena de ansias de libertad ante la decadente realidad a la que su país había sometido a sus pobladores y es allí en donde a mitad de las protestas encontramos adolescentes eufóricos que se comenzaron a meter de todo. Es justo entonces que nace un  movimiento literario que narraría todo tipo de vivencias en estados no sólo etílicos, sino  bajo los efectos de las drogas de aquella época, a los literatos de esa corriente se les denominó como la Generación Beat.

Uno de sus integrantes fue William Burroughs, nacido en 1914, quien durante su existencia se atrevería a afirmar que el lenguaje tal y como lo conocemos, lo que hace es enajenar al ser humano, motivo por el cual en algún momento adoptó técnicas de discontinuidad narrativa en sus obras. Además de que justamente sus novelas abordan no sólo experiencias de sexo y drogas, sino que se encuentran envueltas en viajes físicos, lo cual nos otorga una buena gama de paisajes y no precisamente veraniegos.

 Y  ya para concluir y después de  pasar rápidamente por Francia y Estados Unidos, no podemos marcharnos sin aterrizar en México para recordar al buen guerrerense José Agustín, nacido en 1944, quien es uno de los mayores representantes de la corriente literaria denominada, De la Onda y surgida durante la década de los 60. La cual, a diferencia de la generación Beat llena de excesos hasta en la violencia, es un tanto más fresa, más rosa, tanto como para proclamar el amor y la paz sobre la violencia, eso sí con su muy buena dosis de mota, peyote y demás drogas, sexo y rock and roll. 

Así las historias de José A. pasan de un  escenario psicodélico a otro y el tiempo al leerlas se va como hilo de media, pues el lenguaje coloquial hace que uno pase de página a página casi sin darse cuenta. y es que los personajes no sólo retratan la sociedad mexicana de  aquella época  a través del léxico y sin censura hacia el sexo, ¡No! ellos son tan reales que aún hoy en día si volteamos a mirar a nuestro alrededor, seguro encontraremos a uno que otro caminando libremente y muy cerca de nosotros.

De este autor tan polifacético, porque lo mismo escribió novelas que guiones de corto y largo metrajes, podemos encontrar muchos títulos, entre los que están: “Luz Externa” o la tan memorable titulada "La tumba" la cual le diera origen al nombre con el que bautizaron a esta corriente literaria.

Bien, llegando al final de este artículo, la verdad lo único que yo puedo hacer, es brindar en honor a aquellos escritores que entre chochos, alcohol, viajes y sexo nos comparten sus debrayes y nos dejan generosamente vivir los nuestros hasta el punto en el que algunas líneas suyas se hermanan con las nuestras, ¿O acaso nunca les ha ocurrido a ustedes? Yo creo que sí y también creo que siempre es divertido ver que al final del día somos muy humanos, tanto que de una u otra forma terminamos hermanándonos incluso en las letras o en los recuerdos...

En fin, para ustedes dulces días psicodélicos y estrambóticas noches delirantes... agarren al autor que más les guste como su cómplice de viaje...