MISTERIOSO FOLKLORE
SABORES CHILANGOS

Desde mucho antes de la conquista de América y su evangelización, desde antes de la canonizada de nuestro chilanguísimo “San Juan Diego Cuauhtlatoatzin” o de la construcción de la Basílica de Guadalupe; ya desde los tiempos en que el sol era Huitzilopochtli y la luna era Coyolxauhqui, existía en el cerro del Tepeyac(ac) un templo que estaba conectado a Tlatelolco y de ahí a la gran Tenochtitlán por la calzada que cruzaba el lago de Texcoco (hoy Calzada de los Misterios, en la Gustavo A. Madero) y desde entonces se sabía de los muchos “feligreses” que peregrinaban desde muy lejos para visitar el templo de Teci-Tonantzin y ofrecerle tributo y sacrificio…

Por Ramses Fonseca.

Claro que las cosas han cambiado con el paso de los siglos, como el infeccioso ritmo de crecimiento de la población actual que dá como resultado que, en 2013, ese (casi el) mismo templo en el cerro haya recibido a 6.8 millones (¡!) de visitantes. Sin obviar el hecho de que, seguramente, una gran parte de los ahí congregados se presentaban por motivos diversos y distintos a la adoración de la otrora Coatlicue como por ejemplo: los que van acompañando a alguien, los que no tenían nada mejor que hacer más que ir al chisme y hacer bola con la familia, los que van sólo para poder presumir que ahí estuvieron como coca-cola (en los mejores eventos) y/o a tomarse la (ahora obligada) foto pal’ feis; no puede fallar la lacra que va a chacalearle sus celulares y demás pertenencias a la concurrencia - aunque algunos sí son devotos y recién saliditos de “cana”, van a agradecer a “la jefecita” por su libertad y a dejarle sus correspondientes rosas (en su riguroso florero-lata-de-chiles-“herdez”, of course); están también los que nada más van a ver “si es cierto que va tanta gente”, los turistas, los que van a vender el recuerdito y la imagen, los que van a repartir tortas y frutsis a los peregrinos, los que van a manosear a las feligreses y, aún con todo un amplísimo extra de etcéteras, no se puede negar que el culto a la Tonantzin sigue moviendo a un chingo (pero lo que es un “chingo”) de gente.


En aquel entonces Tonantzin era representada de un modo menos antropomorfo que su sucesora versión católica (2.0): un monolito con cabezas de serpiente, falda de víboras, garras y collares de huesos humanos y corazones aún palpitantes, bastante agresiva a la vista, si, pero quien se espante de esta representación, es porque de seguro considera verdadero arte sacro los cromos metalizados con texturas y colores fluorescentes - a tamaño natural o más grandes - sobre los que se le representa ahora y que los feligreses cargan de al Pípila desde muy lejanas tierras.


Esta versión original de Tonantzin tenía también una génesis misma mucho más “llamativa” y una mitología con una línea argumental que contaba con todos los elementos necesarios para ser un rotundo éxito de merchandising: un misterioso e inmaculado embarazo, la intriga de los otros 400 hijos conspirando contra su madre (apenados por el deshonroso incidente), el suspenso del asedio a la Coatlicue en el cerro de Coatepec, el oportuno nacimiento de su hijo Huitzilopochtli, total y pesadamente armado y ataviado para la guerra, listo para desatar su furia sobre sus hermanos en una orgía de sangre, una carnicería de gritos, agonía y mucha (y ultra-violenta) acción trepidante; para deleitar a las audiencias, un final de antología, donde la malvada hermanastra Coyolxauhqui, instigadora, es castigada, decapitada, desmembrada y lanzada desde lo más alto del cerro (pa’ que aprenda que al chilango no le gusta que amenacen a su jefecita - y pa’ que su cabeza sirviera de algo, la pusieron en el cielo y la volvieron la Luna).


Los evangelizadores, al ver la cantidad de fanáticos de aquel mega-blockbuster de la fé, recurrieron al viejo truco (ya casi patentado por los católicos) de “re-bautizar” a las deidades antiguas con nombres más ad-hoc a los fines de la iglesia y poder apropiarse así de los adeptos (y regalías) aprovechándose de las “coincidencias” entre la virgen María y la virgen Coatlicue, empezando (obvio)por la inmaculada concepción de las dos y el hecho de que su hijo era el centro de adoración en ambos cultos, además de haber “nacido” el mismo día. Así que, como “Tonantzin” era el equivalente náhuatl para “Nuestra Señora”, los predicadores comenzaron a llamarle así y luego sólo “rellenaron” los “huecos” en la historia plagiando el cuento de “la virgen morena que se aparece para pedir se le levante un santuario en cierto cerro y como prueba de su autenticidad deja algún objeto milagrosamente creado” de “la virgen de Guadalupe de Extremadura, España” (de donde “coincidentemente” era Hernán Cortés), sólo que en vez de ser una estatua (como en la versión original) en la adaptación para la región 4, lo que la virgen deja es su imagen impresa (que hasta firmó con el nombre de Marcos Cipac)en el ayate del mestizo “contactado” (ayate de 1.80 metros de largo - porque a los mexicas nos gusta usar cosas que nos quedan mucho muy grandes - obvio), imagen que se supone es un manantial de “curiosidades” y etéreos misterios inexplicables que han sido avalados “científicamente” por (el mismísimo) Jaime Maussan (ampliamente documentados en un noventerísimo VHS). Lo que es un hecho es que si la imagen de una deidad está plasmada sobre un “lienzo” de cáñamo de marihuana, puedes estar seguro que se convertirá automáticamente en favorita de muchos (más).


El culto a Tonantzin Coatlicue ha estado con el mexica desde que es mexica, inclusive fue el estandarte de la sublevación de los indios contra los españoles para volverse mexicanos y tras cientos y cientos de años de ferviente devoción, a los chilangos, a los mexicas y quizás a los mexicanos en general no les importa saber de donde se calcó a su “milagrosa morenita” o si es, o no, cierto el origen divino e inexplicable de su imagen en el ayate; para los creyentes lo que importa es que creen, como desde antes de los abuelos de sus abuelos, siguen fieles y el tributo sigue siendo prácticamente el mismo: flores, cantos, rezos, inciensos, velas y fe ciega, y aunque el sacrificio llega a ser menos gore que en antaño pues ya no se le ofrecen corazones calientitos y recién extirpados, sangrar sigue siendo “bien visto” por “Nuestra Señora” que con todo y su extream-make-over patrocinado por el vaticano y que le volviera una apacible mujer morena y en cinta, sigue recibiendo gustosa las rodillas sangrantes de los que le deben algún favor y pagan su penitencia con la única moneda que tiene verdadero valor para los dioses: la sangre.


Lo único cierto es que, tanto como Tenochtitlán sigue siendo Tenochtitlán bajo la catedral, el palacio de gobierno y el McDonal’s, la Tonantzin sigue siendo la Tonantzin bajo el “Guadalupe”, la basílica y el manto azul. Y es un hecho que a la ciudad no le importa si eres fiel o “infiel”, si eres creyente o no, pues hace a todo mexica partícipe del vivir (o sufrir) con la devoción a la Tonantzin guadalupana; no sólo una vez al año, en vísperas del 12 de diciembre con el caos vial que causan las oleadas de peregrinaciones o en escala local: la feria de la colonia cierra-calles-causa-apagones frente a la iglesia de “la Lupita” (porque todos vivimos cerca de alguna), ni por las atinadísimas y puntuales desafinadas “mañanitas” mariacheras “pa’ la virgencita”, sino porque, quizás es la imagen más reproducida en todo México, o sea que te la encuentras todos los días del año no sólo en altares, sino también en casi cualquier bici-taxi, taxi, microbús, auto particular, estación del metro, casa, negocio, edificio y sobre un alto porcentaje de mexicanos (ya sea en el nombre, en la cartera o monedero, en una cadena o tatuada en la piel) o bien, siguiendo sus “aventuras” en el (infame) programa de TV: La Rosa de Guadalupe, bendiciendo la hora de la comida con las más absurdas y moralinas historias en que los chilangos querían ver a su “morenita”; porque en definitiva, los chilangos somos unos muy devotos hijos de nuestra rechingada madre.



Links relacionados:
www.mexicodesconocido.com.mx/coatlicue.html
Video. Batalla de los Dioses - Coatlicue - History Channel - Carolina Patiño Bailarina

Fuentes:
Revista Proceso (México) N° 1414, 7 de Diciembre de 2003 Capítulos olvidados de la historia de México
Ed. Readers Digets México, 1996

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