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Buenas noches, recuerdo que le dije a la señora quien veía sorprendida como mi lata comex azul metálico "bombardeaba" los muros de la casa de su vecino. No respondió nada, solo se limitó a cruzar la calle con su gran pastor alemán y alejarse lo más rápido posible, yo continúe con lo mío, pues ya casi amanecía y aún faltaban muchas bardas…

Por Fernando Solares.


Considerado por muchos como vandalismo e incluso un problema social, el graffiti se ha convertido en un elemento constante en el paisaje urbano de la capital del país. Sus formas, sus colores y sus temáticas no son solo un conjunto de rayones sin sentido o dibujos deformes de los personajes favoritos de la tv, también pueden reflejar el sentimiento y las problemáticas que aquejan a la sociedad actual, por lo que más que una expresión artística, se ha convertido en el vehículo por el cual la juventud puede plasmar y expresar lo que vive.



Pero para hablar de él, primero hay que entenderlo y para entenderlo hay que conocer sus raíces y ensuciarse un poco. El graffiti nació en Nueva York a mediados de los años 60 cuando jóvenes, procedentes en su mayoría de sociedades marginales comenzaron a pintar signos anónimos en las paredes, edificios o vagones del metro con el objetivo principal de marcar su paso por un lugar determinado. La idea era plasmar su “tag” (firma) por toda la ciudad y dejar su marca en el máximo número de sitios posibles para ganar fama dentro de los círculos de “graffiteros”, ya que de acuerdo con el número de firmas y según los sitios donde lograban hacerlas, ganaban más estatus. Cuánto más peligroso y difícil, era mayor la recompensa.

Se les denomino “writters” (escritores) y representaban una subcultura de la calle, ligada a la música rap, la patineta, y el break dance. Debido al creciente número de jóvenes que se sentían atraídos por esta práctica, algunos de ellos empezaron a crear sus estilos propios, los cuales se basaban en letras más separadas y decoradas con flechas, corazones, flores u otros símbolos, así fue como surgieron los primeros “tags” con “outline” (línea de borde) los cuales se perfeccionaron y dieron como resultado las “bubble letters” (letras más gruesas perfiladas y coloreadas), lo que origino el denominado estilo salvaje, conocido como  “Wild style”. 


A finales de la década de los 70 el graffiti se eleva a la categoría de arte gracias al trabajo de “writters” como Jean-Michael Basquiat (1960-1988), Keith Haring (1958-1990) y Kenny Scharft (1958),  quienes empezaron a pintar sus dibujos en sitios públicos, primero pegando posters y luego pintando directamente sobre muros y paredes de los metros de Nueva York. Sus “piezas” contenían una mezcla de signos e imágenes propios de la cultura de la calle con otras procedentes del arte y la cultura, dando como resultado un tipo de arte tan distinto a lo que se había visto, que museos de arte en la ciudad empezaron a exponer sus obras.


¿Pero como fue que esta práctica transgresora llegó a nuestra bellísima ciudad de los palacios? Bueno pues contrario a lo que mucha gente piensa, no obstante la globalización y la transculturación lo cual facilita la influencia estadounidense, nadie trajo a México el arte de pintar en las paredes, simplemente ya existía en artistas como David Alfaro Siqueiros (1896-1974), Diego Rivera  (1886-1957) y José Clemente Orosco (1883-1949), quienes empleaban los muros como un medio de comunicación para expresar la lucha y la inconformidad social. Y si nos vamos más atrás, en la época colonial, como no había periódicos ni mucho menos libertad de expresión, las paredes se ocupaban para difundir inconformidades, protestas, lemas, consignas, burlas, sentimientos, pasiones, etcétera.


De acuerdo con el libro “Historia del graffiti en México 2.0” de Pablo Hernández Sánchez (2008), el boom de este modo de expresión se dio junto al movimiento estudiantil del 68, en el cual cientos de jóvenes dieron a conocer su problemática mediante pintas de protesta. El auge continúo en los 70 con los llamados “chavos banda”, quienes vivían en la periferia de las grandes ciudades y tenían vínculos profundos con su territorio por lo que lo delimitaban pintando en los muros el nombre de su banda o algún dibujo que representara su zona.


En el caso del graffiti como tal, así como el que vemos en los vagones del metro, muros y espectaculares, se presentó por vez primera en las ciudades fronterizas seguidas de ciudades como Guadalajara, Querétaro y México, donde el graffiti se presentó casi de rebote ya que en un inicio llegó a la zona conurbada de la capital del país, en especial a Nezahualcóyotl, donde fue ganando un gran número de adeptos, los cuales encontraron en él una forma de expresión sin límites y alejada de lo preestablecido, hasta que el gobierno hecho a perder la fiesta y oficializó esta práctica, acaparando el movimiento del graffiti por considerarlo un peligro social.


Con el tiempo esta práctica se ha abierto camino como una auténtica y nueva forma de comunicación marginal y combativa a la vez, reprimida por leyes hechas al vapor por parte del gobierno, repudiado, denigrado y satanizado por comités vecinales, criticado fuertemente por considerarlo el inicio de la descomposición del arte urbano; sin embrago, en la actualidad, la mayoría de los artistas visuales, diseñadores, fotógrafos y pintores han experimentado el deseo de hacer graffiti; así como sociólogos, historiadores, grafólogos y antropólogos se han dedicado a estudiar el fenómeno del graffiti no solo en México sino a nivel mundial.


Los artistas de graffiti están dejando de ser anónimos, tal es el caso de “bansky” o “Blek le Rat”,  quienes emplean técnicas cada vez más complejas y variadas con lo que han logrado que su trabajo sea reconocido como una nueva forma de arte que busca comunicar a la sociedad aquello que no sabía que estaba oculto.


También escritores, músicos y poetas se han inspirado en este arte callejero,  como  el guatemalteco Armando Pereira, quien en su libro “Graffiti” (UNAM, 1989) escribió  “El graffiti es una suerte de aparición súbita en la noche urbana, especie de sintaxis que se sirve del contexto de toda una ciudad”; o como el músico Geroges Moustaki (1934-2013) quien en una de sus canciones dice, “Ven, escucha esas palabras que vibran/ en los muros del mes de mayo/ ellas nos dan la certeza/ de que seremos libres un día”.


Con manifestaciones de este tipo es cómo podemos darnos cuenta que, si bien el graffiti tiene algo de vandalismo, al mismo tiempo ofrece una mirada crítica y distinta de lo que es nuestra contaminada y mal entendida ciudad de México. No es solo salir de noche a pintar la casa de tu vecino o marcar la casa de tu novia con un “Lupita te amo”, es demostrar que incluso en los barrios más bajos existe esa cosa extraña llamada arte.




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