DE PELÍCULA
EL LIBRERO

Dnakane Verena Velázquez Alejandro Caballero

OUTTAKES
Por José Luis Zárate.

Ruidos. Susurros. Objetos que cambian de lugar cuando nadie lo ve. Risas cristalinas en cuartos vacíos.
La maquillista que vio rostros blancos en los espejos, el hombre de la iluminación que cuenta demasiadas sombras en el piso, el sonidista que sabe que hay bolsas de silencio rodando en el set.


El actor que siente que alguien lo sigue, la actriz que cree que su estola respira, los pajaritos de atrezo que aparecen decapitados.

El director que es el único al que le cuenta cada uno una parte del rompecabezas.
Camina por los sets. Todo perfecto, medido, planeado. 
Menos los fantasmas. Menos el miedo que se infiltra en la filmación.
Da a todos un día libre.
Pide una luz cenital, un set rodeado de oscuridad.
Se sienta bajo la luz. En sus manos el libreto.
Algo, alguien, en las sombras.


El director habla de muerte, habla de dolor y tortura, de la sangre roja derramada de los inocentes.
De cada una de las imágenes que prepara. Del grito de millones de espectadores a través de tiempo y espacio.
Luego saca una navaja. Se tiende en el suelo y la deja cerca de su cuello. Cierra los ojos.
Espera.
Se escucha un tintinear, un algo que respira sobre él, una sombra que pesa sobre su rostro.
Luego nada.


Duerme, descansa, despierta.
Sigue su trabajo. Nadie percibe nada más, nadie tiene miedo. La obra continúa.
Stanley Kubrick pasa el corte final de su película a un set vacío.
Alguien a su lado disfruta cada escena. Siente un espectral apretar de mano.
Que hermoso es encontrar a alguien que entienda, que sepa, que actúe.


Fantasma y director tenían los mismos objetivos: dolor, y miedo, derramar la sangre roja de los inocentes…

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