DE PELÍCULA
EL LIBRERO

Dnakane Verena Velázquez José Luis Zarate

EL PUPITRE
Por Az Caballero.


Qué se esconde detrás de las paredes de un salón de clase, qué hay detrás de cada cuaderno rayado, qué historias se esconden detrás de la paleta de cada pupitre, qué hay mas allá de las miradas perdidas de los alumnos, detrás de los abusos de los brabucones, sería imposible descifrar todos esos enigmas  que encierra el aula en tan poco tiempo, pero eso no significa de ninguna manera, que esas historias no estén allí, presentes, aguardando su momento de emerger.


Lunes por la mañana, Juan entreabre los ojos y lo primero que ve es a su mamá parado frente a él, la mira manotear, pareciera que baila, pero su rostro dice otra cosa, sabe que le está hablando, pero no la escucha, aún está dormido, solo escucha un zumbido en su cabeza, y cierra los ojos de nuevo. De repente un dolor tremendo lo saca de su letargo.


-¡¡¡Que te pares con una chingada!!! No te lo voy a volver a repetir!!!! ¿Has de querer que te dé otra chinga como la de ayer verdad?- gritaba doña Lilia histérica mientras apretaba el brazo de Juan.


Juan la miraba bufando, como un toro enfurecido, quería llorar, gritarle que lo soltara que lo estaba lastimando, pero sabía que eso solo empeoraría la situación, en cambio si “aguantaba como hombrecito”, como le aconsejaba su papá siempre, quizá se le pasaría, quizá solo sería un mal día, uno más.


-Ya voy mamá, no te enojes.- Se apresuró a ponerse el uniforme, tomó sus cosas y se apuró a subirse al coche.
-¡Otra vez voy a llegar tarde por tu culpa! Siempre es por tu culpa, a veces no sé porque eres tan tonto. A ver porque no eres como tu compañero ese que saca puro diez, ¿Cómo se llama, Jorge?....... ¿Porque me tocó a mí el raro? Hasta en eso me castigó Dios.


Así siguió el discurso motivacional todo el camino hasta llegar a la escuela. Una vez ahí bajo del carro, recibió ese beso paradójico que recibía todos los días de su madre, y la advertencia de esos días después de que doña lidia tenía una crisis.


-Oye Juan……    no le vayas a decir a nadie lo de ayer, esos son problemas de nosotros y de nadie más, “la ropa sucia se lave en casa” eh mijito. Ándale ya vete.


Ocho y diez de la mañana, tarde otra vez, Juan quiso correr pero le dolía mucho la pierna izquierda, doña Lidia en uno de sus azotes le dio con la hebilla en un muslo a Juan, así que mejor se resignó a tener retardo. Como ya era rutina cuando pasaba todo este circo Juan ya sabía que tenía que formarse aparte con lo retardados, y esperar a que todos los grupos subieran a su salón mientras todos los alumnos los miraban al pasar. Cuando al fin fue el turno de Juan para subir a su salón fue muy cuidadoso de que la directora no lo viera y obvio esa era la menor de sus preocupaciones. ¿Qué pasaría si la directora ve las marcas en sus brazos otra vez?, ¿y si piensa en llamar de nuevo a su mamá?, doña Lidia lo mataría, pensaría que anda de chismoso, otra vez. Y eso solo sería el principio. Para empezar el profe lo sentaría a parte por llegar tarde, y más que eso porque el profe detestaba a Juan, pues en una ocasión la directora lo había sorprendido gritando y humillando a Juan, lo que le había merecido una fuerte llamada de atención. Por cierto en esa ocasión Juan tampoco dijo nada.


A parte de eso tendría que lidiar con las burlas de Javier, el payaso de la clase, el que siempre se encargaba de hacer un poco más pesado el día para Juan, y como si eso no bastara, ahí estaría esperándolo, su viejo pupitre, ese que nadie quiso, el que le tocó desde el primer día precisamente por llegar tarde, ese que tiene los fierros torcidos y se entierran en las costillas, el que no tiene el respaldo derecho, ese era el pupitre de Juan. Juan lo odiaba, pensaba que ya tenía suficientes martirios como para encima de todo tener que estar todo el día padeciendo los dolores que su banca le provocaba.


Y pues ahí estaba Juan, tratando de sobrellevar su existencia, primera hora matemáticas, -vaya forma de empezar el lunes – pensaba Juan. Y mientras veía al profe llenar de números el pizarrón, Juan se perdía en el vaivén del reloj colgado en la pared, rayando sus deseos de escaparse en la parte de atrás de su cuaderno, ahogando su ira y su rencor en su gesto apacible y aletargado.


Soy un imbécil, es lo que siempre dice mi mamá, que no sirvo para nada que para que me tuvo si al final la jodí más. Eso es lo que piensa Juan mientras abandona su cuerpo y se sumerge en lo profundo de sus pensamientos. Refunfuña y comienza a hacer rayones que ni él entiende pero el ya no está ahí, no quiere estar ahí, pero ni siquiera en su cabeza puede escapar, ya ni siquiera hace falta cerrar los ojos para que los recuerdos abrumen su mente, ya ni siquiera hace falta sentir el cuero (del cinturón) en su piel para sentir dolor, pues los fierros de su pupitre no le permiten ignorar los moretones que recién le había provocado doña Lilia en su afán de demostrarle su amor. Y ahí estaba Juan pensando en que había hecho él para que su madre lo tratara de esa manera, pensaba en que quizá si aguantaba lo suficiente un día, así sin razón, su mamá podría cambiar, su mamá podría quererlo, pero entonces el dolor vuelve, y la ira también, la respiración de Juan se agita, su corazón late alterado, el sudor frio recorre su cuerpo, tiembla, siente miedo sin razón. –tranquilo… tranquilo…- murmura Juan para si mismo, le falta el aire, el cuello de la camisa lo asfixia, el pupitre comienza a hacerse más y más pequeño, como cuando su mamá lo encierra en el baño y las paredes se derrumban sobre él, y de repente siente una presión en su vientre, unas incontenibles ganas de orinar, mira el reloj, todavía falta media hora para el recreo.


-Profe, ¿me deja ir al baño?- pregunta suplicante Juan. EL profesor lo mira desde su escritorio y simplemente lo ignora.
-Profe! ¿me deja ir al baño?- Vuelve a preguntar Juan alzando un poco la voz.
El profe lo vuelve a mirar por encima de las micas de sus lentes. –López, bien sabe que para pedir la palabra debe usted alzar la mano. Que quiere?
Por tercera vez Juan suplica –Profe, ¿me deja ir al baño?-
-No López. ¿Encima de que llega tarde quiere permiso de salir al baño?, además ya falta poco para el recreo.


Juan aprieta los puños, trata de acomodarse para no presionar su abdomen, pero el maldito pupitre no se lo permite, pareciera que sabe lo que sucede, pareciera que también quiere joderlo, como su mamá, como el profe, como Javier…. Javier, su chirriante risa resuena en los oídos de Juan, sabe que se burla de él pero no escucha, solo siente la presión en el vientre, ya no aguanta, le duele, cierra los ojos, trata de apaciguar el dolor con sus manos, se retuerce entre los fierros de su pupitre como un faquir sobre una cama de clavos, como los indigentes del metro se retuercen sobre vidrios en el piso, así lo siente Juan, como vidrios en la espalda, como clavos en el vientre, y de repente, entre su silenciosa agonía, como si el aparato de tortura al que se encuentra empotrado no fuese suficiente, ¡ZAZ¡ siente un golpe en medio de la frente.


¡Lopez! ¡¿Qué está usted haciendo?! ¡¿Deje de tocarse?!


Juan mira entre sus brazos, otra vez el borrador.
-Lo estoy viendo desde hace rato, que se esta haciendo? A ver páseme el borrador.-   
López se levanta, rechina los dientes, y haciendo el mayor de los esfuerzos recoge el borrador, mira fijamente al profesor.
-¡Ándale que no tengo todo el día! ¡Y cuidado en la manera en que me mira!-


Juan en verdad quiere regresarle el borrador, pero quisiera hacerlo como lo hace su mamá con las cucharas, mira fijamente el borrador y al volver la vista al profesor, ya no es él, es su madre, manoteando y maldiciendo, Juan tampoco es él en ese momento, solo está el dolor, la ira, la frustración con la máscara de Juan, él camina hacia al profesor, con una mueca de dolor y placer, su cuerpo no responde, se mueve solo,  y como si estuviera poseído lanza con furia el borrador.


Se hace un silencio, parce que pasa una eternidad pero solo han pasado unos segundos, debería sentir miedo, pero no lo hace, en vez de eso una sonrisa cínica, perdida, se dibuja en su rostro, parece que hay sangre en el rostro del profesor, si!! Asi es!! Sangra!! Como Juan!! Despúes de todo no son tan diferentes, su sangre es roja y contrario a lo que pensaba Juan, también siente dolor.


Los minutos siguientes a eso son nublados para Juan, todavía no asimilaba bien lo sucedido cuando ya se encontraba camino a la dirección, poco a poco la conciencia regresa a él, y comienza a comprender la situación, tiembla, se llena de terror, sabe que llamaran a su madre, y sabe lo que pasará llegando a casa, entonces Juan piensa que el pupitre realmente no estaba tan mal.


El profesor grita exigiendo la expulsión de Juan, la directora habla su madre y le dice que tiene que ir por Juan. El solo pensar en la reacción que tendría doña Lilia le provocaba malestar, parece que la directora solo habla de suspensión, Juan nunca pensó que sería suspendido por eso, a su mamá nunca nadie la había suspendido por eso. Suena el timbre liberador, ese que con tantas ansias esperaba, pero ya no lo es, esta vez no, era cuestión de tiempo para que lo inevitable sucediera, y así sucede, Juan ve a su madre atravesar la puerta de la entrada principal, se congela, la mira platicar con la directora, sabe que el gesto en su cara no es una sonrisa, sabe que está furiosa, algo se escucha de que Juan se estaba tocando y que agredió al maestro sin razón, que quizá necesite atención psicológica, parece que no hablan de expulsión, pues Juan también tenía una herida de aquella batalla. Entonces doña Lilia lo mira, se acerca a él, la tiene enfrente, mide como 30 metros, lo toma del brazo, no le dice nada pero no hace falta, ruega porque lo lleven a su horrendo pupitre y antes de atravesar la puerta su cuerpo colapsa, siente un calor liquido recorrer desde su entre pierna hasta los pies, en vez de vergüenza siente alivio, su madre no lo toma con calma, asi que el castigo comienza antes de llegar a casa, pero a Juan ya no le sorprende ya sabe lo que pasará.


Juan quisiera pedir ayuda, pero su lamento no sería escuchado, ya no se siente, se vuelve cotidiano, uno se acostumbra al dolor, ¿dolor? Pareciera que ya no existe para él, que es parte de su vida, ¿vida?, su cuerpo no es inmune, nunca lo fue, está abrazado por descargas de su madre, de Javier, y de alguién que no le habla, no le grita, no le pega, pero lo hiere, lo lastima sin siquiera golpearlo. Un día mas, un dia mas termina, si amanece mañana, eso no es algo que le preocupe a Juan, siente temor de que la gangrena de su corazón invada su cuerpo, tiene miedo de perderlo, ¿perderlo? Todos los días lo pierde en fragmentos, su pupitre se queda con él, su madre, el profesor, Javier, un pedazo para cada quién, su cuerpo ya no es suyo, ¿podrian cambiar las cosas en algún momento? ¿podria Juan dejar su viejo pupitre en casa y en la escuela? ¿podría alejarlo de su alma?  


Dejó su voluntad, a merced de los demás , no opuso resistencia , ya no hay límites, llegar a casa no lo alivia ,ni siquiera su cama lo reconforta , no alivia el dolor de su espalda, el dolor de su corazón, el dolor de su cuerpo, el dolor de su alma; por cierto, ¿el pupitre y mi madre tienen alma? Se pregunta Juan, sí, parece que no tienen a pesar de ser totalmente diferentes, están de acuerdo, si lo están quieren matarlo, lo van hacer, su cuerpo es pequeño y débil y sucumbe a sus propósitos, los grilletes del pupitre le someten, -no puedo, ya no- solo espera, que pueda ser libertado o acaso ¿está por placer al dolor? -No, no quiero- quiere que pase rápido, quiere olvidar quiere pensar que esto nunca paso, aunque esto deje marcado su cuerpo. Marcado como la paleta de su banca, con aquellos rayones que le daban escapatoria, en donde se dibujaba el mundo, su mundo. Era ambivalente, confuso, se sentía atrapado allí entre esos fierros, pero el bolígrafo, la paleta y unos cuantos rayones lo transportaba en cada clase que no escuchaba, en cada receso que no salía, se iba muy lejos, tan lejos como su mente lo permitiera, tan lejos como su fría realidad lo dejara llegar.


Ocho y diez de la mañana, ya es tarde, el timbre ya tocó, Juan camina tranquilo, parece que no lleva prisa, aunque la razón es otra, ocho y diez de la mañana, un día de clases más, solo otro día, quizá solo quizá, hoy… pueda ser diferente.

 

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