marnuj

Año 2 | No. 9 | 2015.

| Hikikomoris y Otakus

Soy un ser enamorado del amor, o bien, del sexo. No puedo evadirlo, toda vez que salgo y encuentro a una mujer hermosa, me es imposible evitar abordarla e instantáneamente serle simpático, irresistible. Es un don con el que he nacido.

Por Roberto Chávez | Septiembre 2015


Nobody taught me that killing people was wrong.
Where other kids got read picture books and fairy tales,
my mom taught me Ohm's Law and Norton's theorem.
She only ever talked about electronics.
Shuya Watanabe
KOKUHAKU (2010)

Me resulta sencillo involucrarlas en una conversación interesante y con una gran carga de humor, ingredientes indispensables en el arte de la seducción, es decir, en el amor, pero desgraciadamente, no puedo evitar ser consciente de algo, en todo caso, prefiero llamarle sexo. Así es, soy un Don Juan nato y para ellas soy una oportunidad de encuentro casual, con una fuerte dosis emocional absolutamente inigualable. A toda mujer que se cruce en mi camino le brindo felicidad eterna en un sólo encuentro, parecerá algo absurdo e increíble, pero a esa maestría ha llegado mi habilidad.

Mi regla es ser amoroso, cariñoso y tierno a niveles de delirio, pero una sola vez, no más. Toda mujer que me ha conocido, me sueña el resto de su vida, pues nunca más me verá, ni me volverá a sentir.

Mi otro gran amor, “El Manga”. Me domina desde que tengo uso de razón.  Amo tanto esas historias que me han seguido y las he seguido con el paso de los años, desde nacer y crecer en un populoso barrio de la ciudad dormitorio de Akishima junto con Hokuto no Ken, Saint Seiya y Gundam, hasta B Gata H Kei y Sora no Otoshimono.

Mi niñez fue, cómo decirlo, relativamente tranquila. Pasaba el tiempo solitario y hojeando historias que me seducían más por sus líneas gráficas que por sus textos. Mi única y gran fuga de ese trato “cordial” que se me brindaba en casa y en la escuela. Cualquiera diría que nacer con unas manos fusionadas al antebrazo, sin articulación alguna, no sería obstáculo alguno para tener una vida resuelta, para tener las mismas oportunidades que los demás.

Equivocación olímpica, la niñez, o mejor dicho, los niños, pueden ser tan crueles a la menor percepción de diferencia.  Lo mejor para mí fue aislarme, y el manga me permitía realizar viajes en completa soledad, únicamente rodeado por personajes como yo.


Todo fue aceptable hasta mi llegada a la adolescencia. No podía comprender lo que ocurría en mí, una explosión surgía en mi interior, mi cuerpo experimentaba nuevas sensaciones y a pesar de mi nula comunicación con el resto de los adolescentes de la escuela, alcanzaba a percibir que mis cambios emocionales y hormonales no eran muy distintos a los de los demás. Nacía en mí el deseo de acercarme a las mujeres que había en mi clase, pero, a pesar de que este impulso llegaba a niveles desquiciantes, no lo hacía, era un cobarde.  Quien más llamaba mi atención era Haruna, el ser más hermoso de la escuela. Muchos, si no todos, estaban enamorados de ella (o al menos eso creían), yo no, en mí sólo despertaba deseo y las ganas insoportables de restregarme desnudo contra sus senos y nalgas. Toda vez que me era posible, pedía permiso para ir al baño y masturbarme pensando que a tan sólo unos metros de mí se encontraba Haruna con su inocencia perversa.

Era tal el encantamiento que ella ejercía sobre los demás y la excitación que producía en mí, que un buen día, a pesar de mi poquedad histórica, decidí hacer algo. Durante un examen, el profesor solicitó que dejáramos las cosas fuera del salón, acto seguido anotó en el pizarrón los ejercicios correspondientes y comenzamos a resolverlos.

Por semanas había esperado ese momento, durante todo ese tiempo me avoqué a escribirle una carta a Haruna, la más dedicada que en mi vida hubiese escrito.  El objetivo era derretirla con mis letras, enamorarla y finalmente, penetrarla. Fui el primero en concluir el examen, no era de los primeros de la clase, pero, cuando me lo proponía, podía ser el más inteligente de todo el colegio. Sin más, salí y me dirigí a la mochila de Haruna, coloqué la carta en su interior, tomé mis cosas y me retiré.

No firmé la carta, sólo le decía de la forma más sutil  que la amaba desde mi anonimato y después de una gran disertación acerca de mis sentimientos hacia ella, le hacía una propuesta. Si ella aceptaba, me lo demostraría con una pequeña acción, en la clase de Ciencias, durante alguno de los ejercicios.

Cuando todos estuvieran trabajando, ella pasaría al pizarrón y discretamente anotaría en un rincón la palabra “Vanilla”. Ella no lo sabía, pero este término significaba todo en nuestra relación. En el mundo del manga, su asociación más oculta se puede resumir en tres palabras, romance, sexo y explícito. Yo me había vuelto loco devorando estas imágenes desde la primera vez que me topé con ellas.

Llegó la clase y el momento oportuno para que Haruna diera alguna señal de que mi carta había surtido efecto. No pasó nada, el salón completo permanecía especialmente impasible ese día. Sonó la campana, la clase terminó y aquello se volvió un caos, como siempre. Yo permanecí en mi asiento, siendo molestado por alguien más. Haruna se levantó, tomó sus cosas, caminó hacia la puerta y justo antes de salir tomó un gis, se dispuso a escribir en el pizarrón.

Un instante antes, ella volteó, y yo, aterrorizado, me agazapé y no miré más, frío de la emoción y congelado de no saber lo que tendría que pasar después. El horror se apoderó de mí, a pesar de mi gran apetito sexual, me sabía poseedor de algo que me reprimía, me ahogaba, me reducía hasta la expresión más despreciable del miedo.


Volví a ser el gallina de siempre, ni siquiera tuve el valor para ver qué había escrito Haruna en el pizarrón. Si fue a la cita donde la vería, eso nunca lo sabré. Y por supuesto, si yo me hubiera presentado, jamás habría hecho lo pensado: si se negaba, obligarla a tener sexo conmigo, golpearla, dejarla inconsciente, tomar su cuello entre mis manos y asfixiarla lentamente, hasta sentir su último sollozo y deleitarme al ver cómo su vida se escapaba entre mis manos. Decirle adiós a su alma y finalmente poseer lo que siempre quise, su cuerpo inerte, sin la menor oposición, sin reclamo, sin resquicio de burla hacia mis muñecas deformes o hacia mi disminuido falo. Y venirme, muchas veces, dentro y fuera de ella, todo el tiempo, toda mi vida, o por lo menos hasta que su descomposición fuera tal, que comerla bocado a bocado para borrar toda huella de mi acto amoroso fuera la única opción

En fin, volví a mi Manga y no me quedó más remedio que refugiarme en el Hentai, indagando cada vez más y más profundo, encontrándome historias que eran el desahogo ideal a mi cobardía tan perfectamente opuesta al tamaño de mi miembro. Pasaron los años y con ellos, muchos traspiés,  humillaciones y algunos cuantos encuentros sexuales que nunca llegaron a convertirse en la idea que yo tenía de ellos. Mi desnudez sencillamente provocaba repulsión y rechazo.

Y así fue, hasta que decidí convertirme en el hombre que hoy día deambula por los suburbios de Tokio, buscando mujeres jóvenes  y solitarias. ¿Mi especialidad? Las que no rebasen los seis años de edad. He descubierto que mi poder de seducción se magnifica en ellas, no me cuesta trabajo convencerlas de subir a mi Nissan Langley, soy irresistible. Y el resto, el resto es como debió haber sido con Haruna. Ya perdí la cuenta de mis conquistas, lo cierto es que me mantengo en forma.


Tengo infinidad de historias, si no te gustan no es mi problema, finalmente, no las escribo para ti. Entré en este proceso durante la adolescencia, ahora soy un hombre de diecinueve años y hace mucho tiempo no salgo de esta habitación; hace cuatro años no veo ni a mis padres y todo mi contacto con el exterior se reduce a una pequeña computadora y mis revistas. Aquí se encuentra todo el mundo que habito. De vez en cuando veo un pequeño televisor. Lejos del Hentai y la pornografía infantil que suelo ver, hay cinco películas que me gustaría sugerir a quien sea que esté leyendo estas líneas, cinco historias que no son mías, pero si me fuera posible, las haría sólo mías. Digamos que es mi lado romántico, el lado sensible de mi confinamiento voluntario, una forma más de reprimir al Don Juan que traigo dentro.

Castaway on the Moon (2009)
Freaks (1932)
Confessions (2010)
The Breakfast Club (1985)

Air doll (2009)