BoomBox          Los Buenos

Si es que existen palabras inherentes al de a pie citadino, “colectivo” debe de ser uno de esos vocablos inscritos en esa categoría. En el carácter de habitantes de una gran urbe y dentro de nuestro imaginario colectivo (y no es redundar) están las aglomeraciones, las prisas, los empujones, los retrasos, bultos que además de contar con ritmo cardiaco son voluntariosos… características que dibujan la situación que no se vive, sino se padece al hacer uso de la movilidad para las masas dentro de la ciudad. Y es que el transporte colectivo es una de esas herramientas que esbozan a la perfección (inalcanzable por definición) lo caótico que es la dinámica social en la metrópoli. Es tomar un pellizco de la sociedad y hacinarla dentro de un prisma automotor.

Por Beele.

It's the singer not the song,
That makes the music move along,
I want you to join together with the band,
This is the biggest band you'll find,
It's as deep as it is wide...

“Join Together”. The Who

A modo de santo y seña, el (transporte) colectivo simboliza lo que somos, nos da un sentido de pertenencia, marcando así un canal para la identificación y el arraigo; es una forma (un tanto violenta, si me lo preguntan) de recordar nuestro clan, nos dice a donde pertenecemos; nos da situaciones espejo: circunstancias en las que nos reconocemos en el de al lado. Envidiamos, compadecemos y sufrimos en el otro porque, en el colectivo no soy yo y los demás, no soy yo y el otro; en el colectivo somos yo en la otredad y la otredad es en mí lo que yo en el otro (no confundir con las cursilerías de la empatía).

Los colectivos, sin importar sus avatares, son una forma de hacer comunidad, de levantar la voz, de vivir, recordar y resignificar a la sociedad en la que nos hemos desenvuelto. Aderezando los contextos siempre está la espontaneidad; donde uno menos lo espera aparece la situación imprevista. Los contextos son la situación y el rasgo compartido que mediante las fusiones sociales nos otorga generosamente parentesco, fortaleza, ánimo, unidad, anonimato... Pertenezco, ergo existo.

Paradójicamente, en ocasiones la cuestión racial resulta ser el hilo conductor para la conformación de unidad. La singularidad diversifica pero, de alguna manera el ser diferente me hace igual, me hace parecido a los demás, soy semejante y me identifico con los otros segregados. Para alguien llamado Berry Gordy (afroamericano) en el Detroit de los pasados cincuentas, los rasgos étnicos fueron el fermento idóneo  para el desarrollo del pop en la industria musical a nivel mundial. Gordy  dio a luz teniendo como partera a la ciudad (por excelencia en esos entonces) del automóvil, Detroit vio nacer a la Gran  “Motown Records”.

En plena década de los 40, la industria musical en los estados unidos (sí, el “neibor” del norte otra vez) estaba totalmente afianzada, comenzaba a tener auge la industria disquera con sus quebradizos platillos de carbón que dejaron atrás a los cilindros de cera; incluso se había superado el miedo (¿gringos con miedo? ¡Nah!) a la radio pues, se pensaba que las masas dejarían de comprar música grabada para escucharla solo por las estaciones de radio (cosa que desde luego nunca ocurrió). Gracias a la época, todo  estaba dirigido por intereses económicos  de los “güeros”. Artistas negros eran grabados por una industria encaminada por y para los blancos: el “afro” como instrumento extrovertido por naturaleza para el entretenimiento de una comunidad a la que no pertenecían.


En los ayeres cincuenteros un italiano y un camionero sureño embelesados por la música negra comandaban las listas de popularidad en el “git pareid”: Sinatra y Presley eran la punta de lanza. El Jazz y el blues perdían cada vez mas adeptos, fueron devorados por la pretensión y, la seriedad de las instituciones musicales y comerciales. Por consecuencia un género en específico tomaba día a día mas protagonismo con un carácter desenfadado, festivo y de fácil digestión, era el “ar en bi” (rythm and blues).



 “¡ah chinga!, ¿porque no hay directivos negros en la música?” Supongo se pregunta aquel Berry. Los colectivos y el “ar en bi” le guardaban un lugar a la Motown. La disquera fue una especie de cofradía, de hermandad  afro-musical. “Motown” le dio imagen y protagonismos a los artistas negros, haciéndolos partícipes directos en la industria del disco. La colectividad negra  veía en la música producida por Berry rasgos identitarios que, bien podían definir de una u otra manera lo que buscaban y lo que querían dejar de ser hasta entonces: una comunidad sin voz ni voto en su propio país (un país sin nombre pero su país). Gordy conocía su comunidad, reforzaba su clan tomando ayuda de su entorno, de la cuidad; las calles, centros nocturnos e iglesias baptistas fueron los contenedores idóneos para hacer comunidad y reforzar su hermandad con “nuevos” (desconocidos) talentos.

Una de los recursos de los que se valió  la Motown para alcanzar su madurez fue la mezcla de géneros (crossover le dicen los gabachos). Ahora el mercado blanco consumía la música que era creada, producida y controlada por los negros, por el colectivo “Motown Records” y compitiendo directamente con la ya afamada directriz blanca (con artistas de color) “Atlantic Reccords”.

La visibilidad de la comunidad afroamericana en la música era notoria (pero no son partícipes en su manejo), hasta entonces algunos géneros mas escuchados en yanquilandia tenían una ascendencia afroamericana: Jazz, Blues, Góspel, Soul... tanto así que artistas con niveles reducidos de melanina (blancos) comenzaron a integrarse (comercialmente hablando) a ese fulgor rítmico. Nombres con el tonelaje de Buddy Holly, Jerry Lee Lewis, Johnny Cash, Carl Perkins brillaban con talento propio pero los alumbraba indirectamente la luz estelar de la música de los sin nombre, de los negros.

La disquera contrincante de Atlantic Records, fue un estandarte donde la colectividad negra encontró un nicho de luz y visión. Los “blondos” no tardaron mucho en contagiarse de ello; covers forman parte de su sintomatología: los Beatles pagando buen billullo por reinterpretar “You've really got a hold on me”, los Creedence sonando con “I heard it through the grapevine”, Mick Jagger y su boquete oral derramando “Dancing in the Street, los Mamas and the Papas freseando con “My Girl”... es la interposición de las cuadrículas en un tablero de ajedrez, es el triunfo del negro sobre el blanco.

El propósito de Gordy no era promover la diversidad cultural o el mestizaje entre razas, sino darle fuerza y visibilidad a su comunidad , a la colectividad negra, al orgullo afro, al “blac pagüer” (black power). Las publicaciones de su disquera dan prueba irrefutable de ello; (aunque poco conocidas) los grabaciones no solo contenían  ritmos afroamericanos , en ellos había también militancia activa: textos socio-políticos de los “blac panters” (Black Phanters) y de Luther King Jr. se pueden encontrar en el catálogo. La colectividad los hace visibles, los saca del anonimato, no como individuos sino como parte de un todo, los lleva a flote inmersos en una sociedad que los ahoga.


















La “Motown”, ha sido la cocina del pópulo melo-famélico, saciamos nuestras necesidades de  “soul-food (that's what i like)”. Tenemos carta abierta y el restaurante cuenta con bufete a manera de permanencia voluntaria (ese toque vintage). Sus platillos son tan diversos como esquistos. Una delicatessen puede tener la presentación de “Money (that's what I want)” con la sazón de Barret Strong o, un dulce postre tiene a manera de crema y cereza a las Supremes y su sencillo “Buttered Popcorn”.




Caravanas a Motown, colectivo encargado de adoquinar el camino. Nuestros pasos (como peatones acústicos) se han ido iluminando sobre las relampagueantes losetas de: las Miracles, los Contours, de los Four Tops, de Marvin Gaye, de los Isley Brotherss, de las Marvelettes, de Steve Wonder... Reverencia y respeto a la comunidad negra; fanfarreas a la entrada del visionario Berry Gordy por encaminarnos, por dirigir sus reflectores y llenar las marquesinas con el nombre de un tal Michael Joseph y sus cuatro hermanos.