Le Cadavre Exquis    Los Ocultos    El Librero

He encontrado una definición que resulta particularmente interesante:

Colectivo: Denominación que recibe el autobús en ciertos países de Latinoamérica.

Ciertamente, esta no es la forma en que en mi ciudad natal llamamos al transporte público, en este lugar costeño del Pacífico solemos llamarlos peseros, por aquello de que alguna vez cobraron un peso para poder abordarlos, debió haber sido hace mucho tiempo porque yo no recuerdo tal cosa. Yo creía que les llamaban así por una forma muy peculiar de algunos de ellos, parecían pequeñas peceras de acuario económico, y pues bien, los que los utilizábamos no estábamos lejos de parecer botetes en espera de nada, o tal vez en espera de encabronarnos e inflarnos como tales para sacar a los demás de tal confinamiento. Simplemente coexistíamos en ese pequeño espacio.

Por Roberto Chávez.

A la verga, dijo este wey, o trabajamos juntos
o que cada quien vaya y que chingue a su madre.
Anónimo

Siempre fui tímido, pero para mi fortuna, ella no. Un día, como todos, viajaba yo en uno de estos “camiones pecera”. Me abordó cuando leía totalmente concentrado, La Máquina del Tiempo de Wells. Con una aseveración contundente me regresó al presente, “se te puede desprender la retina”, dijo muy seria. Abandoné mi lectura y la observé de reojo sin decir palabra alguna, “no es broma, se te puede desprender la retina por leer con el camión en movimiento”, reiteró.

La ignoré y volví a lo mío, a mi viaje. En mí hasta entonces corta vida, siempre había sido un antisocial seguro y convencido, y esa mañana no dejaría de serlo, así que me valió madres su comentario, ni siquiera la miré. Insistiendo ella dijo, “los ojos, inevitablemente siguen al texto, un buen día, la concentración es total, no despegas la vista ni un ápice, la vibración del vehículo al andar es la de costumbre, sin avisar, frena abruptamente, tú te desconcentras, con tu boca, golpeas el asiento de enfrente, sangras un poco, volteas a ver qué pasó, el conductor casi choca con otro auto, se hacen de palabras, al ver lo que pasa percibes estrellitas en derredor, la retina ha empezado a desprenderse, si no te atiendes en un plazo de 12 horas, podrías quedar permanentemente ciego, adiós luz, adiós lecturas”.



Yo ya no hacía nada, sólo hacía como que hacía y le prestaba atención a ella, que por cierto había dejado de hablar justo después de dictar su sentencia. No había dicho nada que yo no supiera, pero su tono de preocupación hacia mí me tenía desconcertado.

Finalmente me animé a voltear, pero justo en ese momento la pecera frenó bruscamente, me agarró desprevenido y golpeé mi mejilla contra el asiento de enfrente. Me dolió, pero más me pegó que ella se bajara en esa parada sin decir más. Sólo le vi la espalda al bajar, tenía el cabello agarrado con una pinza y pude apreciar un lunar de aproximadamente dos centímetros de diámetro en su cuello, me dije,” vaya que si eres pendejo”, al tiempo que el camión se alejaba.

 

Instintivamente miré el asiento que ella había ocupado, había un papel encima de él, lo tomé, era propaganda de una de esas iglesias de los últimos días, así como el pare de sufrir, me reí, “de la que me había librado”, pensé.

Varios días después y contra todo pronóstico, decidí aparecerme en el lugar que indicaba el volante, aún sin una excusa pero con la esperanza de volverla a ver. Vi los horarios y pasé al servicio más próximo, por supuesto que a ella no la vi, que coincidiéramos era poco probable dada la gran cantidad de horarios que tenían. Analicé la situación, muchas cosas eran como las imaginaba, otras no tanto, finalmente tras pensarlo detenidamente, decidí retirarme.

Cuando me enfilaba hacia la salida, un individuo que estaba parado ahí me hizo una señal para que me acercara, obedecí, “por qué te retiras”, me preguntó, “vine a buscar a una chica que conocí”. Tras explicarle que lo único que sabía de ella era que tenía un lunar grande en el cuello, el tipo hizo una pausa, como tratando de recordar, “un lunar en la parte trasera del cuello”, habló de nuevo. Asentí con la cabeza.

“Sólo vino unos días, en una ocasión decidió retirarse a mitad de un servicio y le pregunté por qué lo hacía, me dijo que prefería el grupo de neuróticos anónimos”, respondió de forma muy calmada. Le agradecí la información y me retiré.

Es increíble la cantidad de grupos que pueden existir en una ciudad, desde los practicantes de yoga, hasta los que confrontan animales de manera ilícita; desde grupos universitarios de lectura, hasta oscuros grupos de intercambio de estampas mundialistas. En esta persecución sin prisa tras la chica de mis sueños, un buen día fui a dar a un cineclub “semiintelectualoide”, al escuchar los comentarios previos a la proyección, me dije, la chava del lunar pudo haber pasado por aquí alguna vez.


Al principio la película no me convencía, trataba de un oficinista agobiado por su vida rutinaria, sin más futuro que morir golpeando de manera autómata el teclado de su computadora. Un buen día, o más bien, una noche de tantas, acosado por sus horas de insomnio, decide salir a buscar algo que le ayude a matar el tiempo, y encuentra un grupo de apoyo a personas que sufren de cáncer testicular, se le hace fácil hacerse pasar por uno de ellos y de este modo, como un impostor, decide saltar de grupo en grupo.

 

En este punto, ¡¡kaboom!! La peli me tenía agarrado de los huevos. Perdonarán la expresión, pero debe quedar claro que ese evento marcó mi vida. No podía creer lo que veía, lo que sucedía frente a mí, me comí con los ojos cada detalle que transcurría por la pantalla, las dos horas siguientes fueron reveladoras, y el final ¡qué final!



Después de ese día no pude ver el cine de la misma manera, decidí instantáneamente cambiar de religión, a la de los que tragan, respiran y sudan cine y por supuesto, esto me marcó y engendró en mí la necesidad de encontrarla a toda costa, si debíamos compartir un grupo, ese era el nuestro.

Quiero creer que esto no se ha convertido en una obsesión, ni se convertirá, es simplemente la necesidad de conocer a alguien siguiendo el camino que pisa, que a veces no lleva a absolutamente nada, pero tal vez, al final, llegue a encontrarla en un grupo que ella misma habrá iniciado, el grupo de los que la seguimos. Mientras tanto, espero a que regrese en una vieja butaca de este cineclub que no he podido abandonar en años.

It's only after we've lost everything
that we're free to do anything
Tyler Durden
Fight Club (1999)