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KITSCH


Año 1,no. 6,2015.

| De Película

Si hubiera nacido en estos tiempos yo creo que habría sido sicario de algún cártel. Digo esto no porque tenga convencimiento de ello, sino porque ahí es donde me pusieron el destino y la jodidez por allá en el año 45, y honestamente no creo que eso pudiera haber cambiado ni en mil años más, mi condición era quedarme en la miseria para siempre o salir de ella a como diera lugar.

Por Roberto Chávez / Febero 2015


“Santo llamando a Blue Demon.
Santo llamando a Blue Demon.
Aquí  Santo, contesta Blue, adelante”.
Anónimo

En aquel entonces tenía apenas 20 años y me encantaba escuchar radionovelas, recuerdo muy bien las peripecias de Anita Montemar en el serial “Ave sin nido”. No me la perdía más que cuando el coronel me necesitaba para hacer algún trabajito. De igual manera yo era un asiduo de la revista Paquito, en aquel entonces se publicaba a diario y creo que yo tenía todos los números de los últimos tres años. Confieso que Paquito me hacía llorar y tal vez fue Paquito el que, a la postre, me permitió desarrollar todas las habilidades que me hicieron incursionar en el mundo del cine. Pero bueno, de eso hablaremos más adelante. Digamos que ya a mi edad no me la pienso para hablar de mis muertitos ni de mis gustos culposos.

Mi primer encarguito fue cuando tenía 17 años. El memín me había recomendado con el coronel, él era un carnal del barrio de Peralvillo que sabía que yo sabía matar ya desde esa edad. No diré cuándo me estrené con mi primer muertito, pero si aclararé que fue en defensa propia y por una causa muy romántica. Desde hacía mucho, mucho tiempo yo quería con Isabelita y aquella noche me dio entrada. Ni ella ni yo contábamos con que su novio haría acto de aparición ahí en el barrio y a esa hora, él era militar y se suponía que estaba encuartelado. En fin, tuve que defender a Isabel, este cabrón de puta no la bajaba y eso me calentó, y cuando uno está enamorado pues más se calienta uno. Lo maté, pa qué darle tantas vueltas, lo maté y ya. En el barrio nadie me la hizo cansada, a fin de cuentas, había sido en defensa propia. De esta y otras historias se enteró el coronel por boca del memín. Desde entonces me empecé a ganar la vida decentemente, matando justificadamente, o bueno, al menos eso pensaba.

Me había convertido en un policía sin placa, para lo que hacía no era necesario tenerla. Cada vez que intervenía ya nadie podía reclamar a fin de cuentas. Eran tiempos donde el país cambiaba y el mundo también, violentamente, pero cambio al fin. Yo encajaba al chingazo, tanto, que un buen día, caminando por la Avenida Niño Perdido un individuo se me acercó, tan abruptamente que hasta saqué mi pistola, después de recuperar el color de su piel me explicó, joven ando buscando urgentemente a alguien con su complexión, hay buena paga, si usted se anima no tiene más que mostrar su torso, ni siquiera su cara. Ah, chingá, y eso cómo, le dije. Estamos haciendo una película y el protagonista es un luchador, sólo tendría que reemplazarlo en algunas escenas. Película de luchadores, me dije, eso sí que es mafufada. No le creo, le comenté al individuo, y en ese mismo momento sacó los billetes. Ya ni rezongué, ni el coronel me pagaba tan rápido.

Este individuo me llevó a los estudios Churubusco, fue ahí donde empecé a creerle. Entramos derechito hasta una bodega enorme, adentro había muchas construcciones, incluso había un espacio con todo y ring, como si fuera una arena. Cuando llegamos estaban filmando, la escena se desarrollaba en un cabaret, inmediatamente reconocí a David Silva, un gran actor de aquella época, injustamente no tan reconocido como Pedro Infante. Corte, gritó un tipo que estaba en una silla alta, después de esto se nos acercó y se presentó. Yo soy Joselo Rodríguez ¿Y usted? Mi nombre no importa, prefiero evitar decírselo, le contesté. Está bien, me dijo, lo que no podrá evitar será tener que aprender unas dos piruetas y algunas llaves. Si hay paga, sin broncas, le contesté, ya alguna vez he practicado lucha. Usted despreocúpese, me dijo Joselo, lo cierto es que tenemos que llamarlo de algún modo ¿le molesta si le decimos Ramírez? No hay problema, repliqué.

Después me enteré que se habían quedado sin el luchador que haría las escenas de peligro pues se había lastimado haciendo una de éstas. Al principio no fue difícil, lo que hacía era muy simple, sólo pararme con una máscara frente a la cámara. Lo complicado vino después, me preguntaron si estaba dispuesto a hacer las escenas del ring y yo de pendejo dije que sí. Pinche ego, me sentía la primadona. Me tuvieron entrenando unos días, pero no era lo mismo que cuando iba al gimnasio, aquí tenía que parecer todo un profesional.

Por aquellos días el coronel me tenía totalmente desocupado así que no tenía nada más que hacer. De modo que me dediqué a partirme la madre. Al final, creo que el resultado no estuvo nada mal, yo completé algunas escenas que le habían faltado al otro luchador, él ya había hecho lo más difícil y aunque me di uno o dos buenos chingadazos, eso de ser artista me gustó más. La película quedó muy bonita, era todo un dramón como aquellos de Paquito. A la Tonina Jackson, con todo y que no era actor, le salió de pocamadre ser mi papá. No sabían cómo ponerle a la película, al final se llamó como yo, "Huracán Ramírez", bueno, como mi personaje.


A Joselito le gustó tanto mi trabajo que de ahí en adelante yo fui el verdadero Huracán Ramírez, David Silva solo daba la cara, yo daba sudor y lágrimas. Nunca aparecí en los créditos, yo nunca quise que mi nombre apareciera, de este modo yo podía presumirme que realmente era el Huracán. Y bueno, tampoco quería que el coronel se enterara de mis andanzas por el séptimo arte. Tal vez esto me sirvió para hacer las veces del mismo Santo en algunas de sus películas, al fin y al cabo con la pinche máscara quién chingados se iba a enterar.

Eso me gustaba mucho, permanecer incógnito en un mundo que cada vez se volvía más raro, y desde el mejor lugar, en primera fila, en ringside. Al principio las historias eran como las de Paquito, después, aparecieron mafiosos, monstruos, zombies, científicos desquiciados, humanoides, extraterrestres, mujeres vampiro, momias, brujas, estranguladores, karatecas, hombres lobo, barones malignos, luchadores de ultratumba, terroristas, virginales doncellas, grandes misterios, armas sofisticadas, autos convertibles europeos último modelo, platillos voladores, mujeres sensuales, muchos secuaces de los villanos, robots, dispositivos futuristas, guaridas de cartón y papel celofán, secretos ultrasecretos, grandes males para la humanidad, amenazas a la paz mundial, la persecución de la justicia, asistentes que se hacían pasar por representantes, un exquisito gusto de los villanos por el gótico, policías incorruptibles, archienemigos de todo tipo, efectos especiales hilarantes, murciélagos que revoloteaban rígidamente al compás de los alambres que los agitaban, maquillajes bastante ilustrativos, esqueletos danzantes, errores de continuidad garrafales (de tanto hacer pelis algo aprendí), edición muchas veces incomprensible, secuencias de acción totalmente chuscas, castillos de cartón en ruinas, tumbas abiertas, aliados cobardes, naves espaciales de papel aluminio, pistolas de rayo láser, relojes intercomunicadores, computadoras gigantes hechas de luces, cartón y madera, explosiones espectaculares y dramáticas, la eterna lucha del bien contra el mal, encuentros a muerte en el ring, atrevidos desnudos, sexo sugerido, intrigas policíacas de corte internacional, Paseo de la Reforma, Avenida Insurgentes, exóticas villanas, porno-soft, más monstruos, leyendas del terror resucitadas, locaciones internacionales, éxito internacional, Turquía, Francia, Marruecos, mucha Europa, algo de África, otro tanto de Asia.

En fin, todo un universo surrealista, tanto como aquel que habité en los años 40, 50 y 60, en las calles de Donceles a Izazaga y de Reforma a San Lázaro, tan surrealista y real como el cine de Buñuel o tan bizarro y estrafalario como una película de Ed Wood. La imaginación era el límite y por supuesto, también el presupuesto. Todo eso ha quedado atrás, pero tengo la impresión de que no se ha ido, a mis noventa años puedo asegurar que mi vida ha sido demasiado larga, debió haber durado menos, terminar mucho antes de retirarme, pero algo de suerte hubo de por medio o mala suerte tal vez, aún no sé, ser héroe y villano durante tantos años desgasta al más cabrón de todos, porque no hay puntos medios, sólo luz y sombra. Aunque nunca los conté, me retiro imaginando que mis muertos podrían llenar una arena completa y nunca se enterarían de que su héroe, el que despacha a los rudos, es el mismo hijo de puta que los despachó a ellos mismos, esa es la ventaja de permanecer tras la máscara. Puedes soñar despierto y ser tan cursi, raro y heroico, como el que más las puede. No sé si despedirme aún, parece ser que no hay parka que me quiera derrotar, ni en el ring, ni en la calle, ni en la cabina de cácaro en la que actualmente laboro, en uno de los últimos verdaderos cines, en un pueblo del sureste olvidado por Dios. Cuando me encuentre este cabrón ni siquiera recordará qué chingados hice, esa es la ventaja de permanecer tras la máscara.

Estas son algunas de tantas en las que participé:


Adán y Eva todavía
Huracán Ramírez (1953)

Adán y Eva todavía
El enmascarado de plata (1954)

Adán y Eva todavía
Neutrón, el enmascarado negro (1960)

Adán y Eva todavía
Santo contra los hombres infernales (1961)

Adán y Eva todavía
El misterio de Huracán Ramírez (1962)

Adán y Eva todavía
El hotel de la muerte (1963)

Adán y Eva todavía
El hijo de Huracán Ramírez (1966)

Adán y Eva todavía
Operación 67 (1967)

Adán y Eva todavía
Atacan las brujas (1968)

Adán y Eva todavía
La venganza de Huracán Ramírez (1969)

Adán y Eva todavía
El vampiro y el sexo (1969)

Adán y Eva todavía
Santo contra los asesinos de la mafia (1970)

Adán y Eva todavía
Huracán Ramírez y la monjita negra (1973)