marnuj

KITSCH


Año 1,no. 6,2015.

| Entre Máscaras Nos Vemos

Las hay abiertas, cerradas, de colores, de piel, de látex, de tela, con estampados o con adornos estrafalarios que parecen salidos de la imaginación de algún loco científico, con pelo, con trenzas, incluso algunas tiene leyendas sobre su creación, otras están inspiradas en aves, dragones o peces, pero lo que es cierto es que son la principal seña de identidad de la lucha libre en México, ya que en ningún otra parte del planeta podemos ver pelear a un hombre pez contra un dragón rojo.

Por Fernando Solares / Febero 2015


Fue en noviembre 1933, en una pequeña arena escondida en territorio estadounidense, cuando apareció un extraño personaje que respondía al nombre de Jim Atts, no era su estatura lo que impresionaba a sus contrincantes, ni su físico, vaya tampoco era muy técnico, lo que más sorprendía era que luchaba con un extraño tipo de antifaz; un mes después, en el Madison Square Garden de Nueva York, surgió “Masked Marvel”, quien se presentaba a luchar con una inconfundible capucha con una calavera pintada en la frente. En todo el mundo ellos fueron los primeros gladiadores en presentarse con un complemento en su vestuario, marcando el camino para las futuras generaciones de luchadores en todo el mundo.

Pero se podía decir que el gusto por cubrir nuestra identidad tiene una relación muy estrecha con la cultura popular mexicana, y se enraíza hasta llegar a la historia prehispánica del país. Si recordamos nuestras clases de historia de cuarto grado (o buscamos en google, lo que sea más fácil), cuando Hernán Cortés llegó a México, el obsequio que le hizo Moctezuma fue una máscara de jade, regalo que en la actualidad se encuentra (no sé porque) en un museo de Londres. Ejemplos como este podemos encontrar desde los olmecas, que sus máscaras destacan por su gestualidad, con rasgos algo deformados para sugerir la transfiguración en aves o felinos, hasta la cultura teotihuacana, donde las mascaras están más apegados al reino de lo humano, con gestos que confieren apariencias serenas y a veces inexpresivas. Esta representación de los hombres como animales o cómo demonios o divinidades, son muy comunes en la lucha libre mexicana, donde aparecen multitud de seres místicos de este tipo.

El legado del Ciclón McKey

A diferencia de lo que muchos saben por la historia oficial no fue el estadounidense Gordon McKey el primer encapuchado en tierras mexicanas, pero si el primero con técnica y fuerza, lo que le daba cierta categoría. La historia no oficial cuanta que al poco de instaurar la lucha libre en México, los atletas empezaron a utilizar máscaras de piel para cubrir sus rostros el primero de ellos fue Luis Núñez, “El Enmascarado”, pero los puristas no lo consideran debido a que este personaje no le dio el valor que tiene una máscara, y siguió luchando posteriormente con su propio nombre.

La máscara de Gordo “el Ciclón” McKey, popularmente conocido como “la Maravilla Enmascarada”, fue confeccionada por encargo al taller de curtidos de Don Antonio H. Martínez, quien hasta ese momento se dedicaba principalmente a la confección de calzado, principalmente deportivo y para boxeadores. Estas primeras máscaras de piel eran muy incómodas para los deportistas, pues tenían pegamento, las costuras se les marcaban en la cara al recibir golpes, y el material hacía que al sudar no se transpirase. Además, con los sucesivos lavados la piel se ponía rígida y empeoraba las condiciones de la máscara, por lo que desde finales de los años 40, y hasta principios de los 60, se empezaron a utilizar materiales más cómodos para el luchador, como el raso satinado. Esta tela era más cómoda, traspiraba y no requería de costuras tan grandes como la piel, el problema del raso era que no estiraba, por lo que el mascarero debía ser más cuidadoso al confeccionar la máscara.

Si bien “la Maravilla Enmascarada” fue el primero en  nuestro país en cubrirse el rostro para luchar, el primer luchador enmascarado mexicano fue el famoso Jesús Velázquez, el “Murciélago Enmascarado”, quien surgiera en 1939 con una máscara fúnebre de color negro para aterrorizar las arenas con sus “quirópteros”, dando realce y credibilidad a su personaje.

En torno al “Murciélago” Velázquez se tejen muchas historias, ya que él fue el primero en darle identidad propia a su personaje; fue el verdugo de Merced Gómez, quien perdió un ojo a causa de una salvaje patada a “la filomena”; también a él se le atribuye el primer combate mascara contra cabellera sostenido con Octavio Gaona, quien resultó ganador quedándose con la fúnebre capucha negra del “Murciélago”; incluso escribió argumentos para las películas de la mayor leyenda de la lucha libre mexicano, el Santo.

El Santo logró convertirse en el ícono inobjetable de la lucha libre, creando un vínculo estrecho entre la máscara y el deporte (se dice que el Santo llegaba a las presentaciones con su máscara puesta), tal vez por esa popularidad que alcanzó al llegar al cine; pero hubo muchos que consiguieron por sus propios meritos hacer de ese complemento del vestuario, una joya invaluable del guerrero del ring. Asimismo, los medios de comunicación masiva ayudaron a que la imagen de los gladiadores se esparciera, dándole una historia a cada personaje, escribiendo sobre ellos verdaderos relatos fantásticos.

 

Luchadores Fachion

Actualmente, las mascaras han perdido el valor deportivo que tenían por múltiples circunstancias, incluso la ley han tenido que deliberar sobre la posesión legal del personaje y sus distintivos como los casos de el Huracán Ramírez, Máscara Sagrada, Psicosis y La Parka, entre otros. En realidad la máscara ya no es el motivo de la magia, misterio, fuerza u orgullo, regreso a ser lo que era en sus inicios, un complemento del vestuario.

Pero perder o conservar la máscara no es garantía del interés de un nuevo público, de una nueva generación de aficionados al Royal Rumble, al TLC o a la Triplemanía, ahora lo que cuenta es el carisma que se tenga, la presencia ante el público, se trata de un complejo mecanismo de actitudes y preparación escénica del personaje, lo que ha convertido a este deporte-espectáculo en un verdadero teatro.

En estas épocas modernas  los luchadores experimentan con otro tipo de atuendos e imágenes, que van desde subir al ring con hermosas mujeres, a usar lacayos extraños que incitan al público. Por ejemplo en Estados Unidos, son muy comunes los maquillajes debido a la influencia cinematográfica de este país, los luchadores son consideradas estrellas (perdón, superestrellas), casi divos; las caras pintadas de color, sustituyen a las telas de los mexicanos y japoneses. Ellos, las superestrellas, se representan a sí mismos en el ring, con una actitud, y un personaje único que es hasta la fecha, una mejor máscara y hasta mejor aceptada en cuestiones de impacto comercial; ahora es común que si un luchador pierde la máscara, tiene como recurso inmediato maquillarse, pero nunca sustituirán esa magia que muy pocos poseen.

Así, las máscaras son el bien más preciado que puede tener un luchador dotan a su portador de una imagen única, una internacionalidad y misterio, además de que a algunas se les atribuye fuerza y poderes especiales; no hay mayor deshonra que perderla y en el arte del pancracio, eso es como morir.