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KITSCH


Año 1,no. 6,2015.

| Cuando el Naco anda, lo Kitsch Muere

“Lo Naco es chido, lo kitsch es una mamada” y un corto “biip” malogró la cierta conclusión del Mastuerzo. Según recuerdo esa fue la primera vez que escuché la palabra, me lo hizo saber la televisión cuando chamaco. Kitsch es para mí una palabra tan ajena en su escritura como su significado aburguesado. Y es que lo naco es cotidianidad, no es folclor, ni mucho menos kitsch. Lo naco es chido y no es gacho, lo vivo y  a la vez no lo puedo describir porque no lo veo, me ciega el velo de mi día común y corriente, periódico y recurrente. El decir que el  tísico traga-fuegos de la esquina o, la lucha libre o, los danzantes del Zócalo o el peluche en el tablero del Valiant Acapulco son kitsch es descontextualizarlos y quitarles esencia, es sacarlos de su entorno y observarlos ornamentalmente dentro de una vitrina y, con un ojo de exquisitez clasista y extravagante. Parafraseando a Don Paco Barrios, “lo naco hace sociedad, lo kitsch se hace una cuarta abajo del ombligo”.

Por Belee / Febero 2015


Venden a Chiapas en la esquina,
Garantías suspendidas,
Ya viene la policía,
El Santo se le fue pa encima.

“El Santo”. King Changó.

Ser Naco y actuar como tal son pan de cada día en la sociedad mexicana, una tradición, un  ritual de diario, “solo por hoy” tiene como mantra los arrepentidos. Se vive y se resignifica día a día, de acontecimiento  a experiencia, de semana a semana, como la cartelera de la lucha libre; en México es un fenómeno social de gran magnitud, además para el público es un sistema homogeneizador, la emoción amachina parejo en las butacas, lleva de la mano la atención del público sin alguna distinción de edad, poder adquisitivo o las pulgadas que le mida el “calzado”; todas viviendo y sintiendo la energía que se desata al presenciar el arte de la llave y la contrallave. Nuestra sombreruda sociedad está permeada por  este evento y, no es necesario asistir ni a una sola función para darnos cuenta de ello, vemos en las calles a personas vistiendo playeras estampadas con máscaras del luchador predilecto o anuncios pegados en las paredes de la ciudad llamando para el próximo encuentro luchístico.

Verdadero  acontecimiento social donde masas con al menos un gusto en común (la lucha libre), se dan cita en la arena para admirar como sus héroes de carne y hueso (no de tinta en papel) pelean por el bando al que ellos representan (rudos o técnicos). El espectador se “limita” a observarlos como inalcanzables, pertenecientes a la divinidad; se dejan oír gritos sin uniformidad, aplausos y frases descalificando o aclamando a uno u otro “héroe” como parte de la metamorfosis y catarsis  de los espectadores. Como en una proyección de la vida de las personas, es un desahogo de la mala semana que se tuvo: que si el jefe me trae en salsa, que si el profesor es un desconsiderado, que si el marido engaña, que si los padres no me entienden, que si la policía es corrupta, que si esto, que si lo otro.

El día de lucha es un día de fiesta en cualquier arena donde se levantan los postes y las cuerdas. Como en cualquier fandango todo lo que conlleva el evento lo hace un caos, un escenario barroco plenamente organizado que al verlo nos deslumbra con una mezcolanza de  contenido y significados, en el que  los observadores participamos también en el desarrollo de los lances y costalozos, porque hay tantos insultos por parte del “respetable” que hasta las Jefecitas Santas salen raspadas.

Es condición irrenunciable estar en tiempo y lugar adecuados para ser testigo presencial del choque. Chisguetazos de adrenalina son conducidos por el torrente  sanguíneo  cuando se apagan las luces y, la marabunta de luces multicolor pasea a sus anchas por todo el ring y la perrada que lo envuelve. Eso no es nada porque lo que sigue promete: el de palpitar arrecia sus paso como si estuviéramos más vivos que antes de entrar a la arena y escuchar al presentador, con el apotegma vociferado en la boca: “Lucharaaaán a dos de tres caídas sin límite de tiempoooo”, con lo que abandonamos el tiempo común y nos adentrarnos en otra forma del transcurso de éste, el de la duración de la contienda misma, de la que no podremos desprendernos hasta que finalice el ritual. Pasaremos entonces, a otra dimensión donde el tiempo fluye a través de golpes de taquete y cavernarias.

El éxtasis inicia en la arena, en nosotros mismos al ver surgir de un pasillo humeante una serie de seres fantásticos, de humanos que se han mutado en personajes que representan a entidades del más allá como Karis la Momia, Halloween, la Parca, Ultratumba; a personajes que materializan conceptos humanos como Psicosis, Kaos, Histeria, el Loco, el Valiente; también hay deidades com Thor; superhéroes como Batman y Robin, los Power Rangers y súper enemigos como el Guasón y Jason el Terrible; no se  desprecian personajes animales como la Fiera, el Felino, Don Blue Panter además de quienes representan realidades sociales como el Huichol, Sangre Chicana, el Mestizo o el Niño de la Calle. Incluso hay chanza par santos y demonios; aquí todo puede ser representado para crear  un universo distinto, convirtiendo el lugar común, el de tránsito, en uno donde los personajes de las historias de nuestras abuelas se apersonan ahí mero, frente a nuestros propios ojos. No  sabemos de ellos por cuentos chinos, ni por académicos cientificistas, ni por quesquexpertos en el arte urbano o lo kistch; los conocimos comúnmente, en nuestro andar por la ciudad haciendo sociedad.

Con la aparición del luchador  lo imaginario se hace verdad y todo en la arena adquiere una realidad a la que no estamos acostumbrados, por lo que no actuamos como lo hacemos cotidianamente, en ese momento de verbena entre las cuerdas se convierte en el espacio del Culto que ningún mortal puede pisar, sacro lugar solo destinado para el luchador. El réferi es el facilitador del ritual y el único con el atrevimiento para acercarse a ellos en esa Área Ceremonial. Las esquinas rudas y técnicas, son los postes que los colocan entre el cielo y la Tierra, el cielo y el infierno, su cruce es el vértice en el que las divinidades interactúan con nosotros los mortales.

En los luchadores mexicanos sale a relucir una máscara o la abundante cabellera de quienes no portan careta, objetos más allá de lo estético u ornamental, son elementos en los que depositan su estamina, si las pierden ésta disminuye. Es una marca, un estigma de ignominia, lo ominoso - ¡ahí va quien perdió dos de tres! -  en el caso de los enmascarados la pérdida es mayor, pues la máscara es su verdadero rostro. Unos cuantos meses pondrán de nuevo una liendroza melena en el derrotado pero, quien pierde la máscara tendrá que reinventarse como luchador, mirarse al espejo y aceptar esa otra cara, apropiarse de gestos no reconocidos aún y ganarse las ovaciones con una faz que la gente  no reconoce.

La lucha libre para los Mexicanos tiene gran importancia social y cultural, es parte ya de nuestra idiosincrasia pues ha venido desde sus inicios a postularse como uno de los espectáculos deportivos más concurridos en nuestra sociedad, claro, siempre por debajo del fútbol.

Este espectáculo es un reflejo de la forma de vida “barroca” del mexicano; lo barroco, lo sobrecargado, lo que trae de más pero nada le sobra está en todo, como en el vestir, o que, ¿No es barroco un traje de charro o china poblana? En la comida; nada más barroco que la comida mexicana como: el mole, los chiles en nogada o hasta una “simple” torta, a esta se le pone mayonesa, frijoles, jitomate, cebolla y chile solo como base, falta el contenido estrella, lo que le da nombre a la torta. La función de lucha no escapa a las formas, entre colores, atuendos, silbidos, luces, lances, máscaras, vendedores y un largo etcétera, rememoramos nuestro entorno, la cotidianidad que nos hace ser.


Donde la lucha libre, está el mexicano (en su mayoría de clase media), él se hace presente para dejar a un lado los problemas acarreados en el día a día; cotidiana válvula de escape al estrés y preocupaciones que nos llegan a inquietar, como una proyección de uno mismo en el luchador porque, ¿quién no se ha imaginado aventándose un trompo contra el político más odiado sobre la lona? La fantasía de rifarte un tiro derecho contra uno de esos  hijos del siete de espadas de las Reformas, es innegable: el estar frente a él en el cuadrilátero para hacerle manita de puerco echarle un muy macizo tope atómico achicalarlo con unos buenos pierrotazos tallarle su carota con la segunda cuerda aventarle todo tu cansado odio en la silla zacatecana con todo y chescos para cobrar su rendición con la mera tapatía mientras el manantial de su frente lo pinta todo de rojo en medio de sus chilloteos cuando su cabeza sea el badajo de la campana  que llama al pueblo y anuncia Nuestra ¡VICTORIAAAA!