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Año 2 | No. 8 | 2015.

| La Mera Dead Can Dance

La música recibe a la gente en México (no estoy seguro si le da la bienvenida pero de que la recibe, la recibe) ya sea de nacimiento o simplemente a los que vienen de pasadita, nomás a ver que se siente porque al nopal solo se le arriman cuando tiene tunas ¡y qué! De todos modos el muerto y el arrimado a los tres días apestan. Los sones, las melodías están presentes desde que Dios amanece hasta que Dios anochece en la vida de un “nopalistleco” cualquiera. Nos acompañan hasta la tumba ¡dejáramos de decir: el muerto al pozo y el vivo al gozo! para ello está nuestro actuar y el lenguaje, no nos achicamos: a rajarse a su pueblo. Somos entrones pues aquí se baila al son que nos toquen porque en el Ombligo de la Luna hasta los palos se menean, pues pa’ los trompos son las cuerdas y a darle que es mole de olla.

Por Muertero Beele | Julio 2015


Por caja quiero un sarape,
por cruz mis dobles cananas,
y escribe sobre mi tumba

mi último adiós con mis balas...
“La Cama de Piedra”.
Cuco Sánchez.

A los que nos moldea esta sociedad lo sabemos, tenemos claro lo que es amar a Dios en tierra de Indios y sabemos de qué lado masca la iguana, porque el que no conoce a Dios a cualquier palo se le inca, esos profanos ni yendo a bailar a Chalma. Así que los que crucen de este lado de las nopaleras y las milpas, sépanse que aquí, no sé en otros lados y la verdad me importa una pura y dos con sal; aquí se le entra a Torreón bailando, sin fingir ni hablar de más y, si así fuera que le bajen de espuma a su chocolate porque el que escupe parriba en la cara trae la baba. Ni más ni menos, esto es lo que hay y sin cargar con el muerto, únicamente sobre el muerto las coronas. Nosotros lo vivimos, lo sabemos y hasta lo aceptamos al fin y al cabo que el que por su gusto muere hasta la muerte le sabe.

Esto y más es México, una melcocha rebuscada y complicada de digerir para los que nos hemos embijado en ella, este es el santo y seña que nos acompaña hasta la muerte, en esos momentos cuando el óbito nos ronda  alcanzamos a entender que José Alfredo y su Tenampa mentaban la puritita verdad, nos enteramos que “la vida no vale nada” y que además “comienza siempre llorando y así llorando se acaba”. Es cuando la música envuelve al guadañazo de la muerte, quesque la distrae, la melodía intenta aletargarla pero es inútil, su lívida y fría sabiduría nos descubre y toma por sorpresa haciéndonos saber que no hay de otra, que “también de dolor se canta” tal como lo cuenta el celuloide frente a la luz propia de Pedro Infante.

La música nos hace cantar en momentos de dicha, donde todo es miel sobre hojuelas y las carcajadas chorrean de nuestra sonrisa cacahuazintle pero, es precisamente en momentos de tristeza cuando las canciones se necesitan más que nunca, sobrellevan nuestro penar. En el luto, la inquebrantable muerte nos hace sentir su presencia soplando sobre el agotado pabilo de alguien cercano o querido, entonces “Lola La Grande” nos eriza la piel entonando “Cucurrucucú, Paloma”. En ocasiones deseamos que las melodías nos abracen y reconforten con cuidados de Madre, así el anhelo de Chucho Monge por no apartarse de esta tierra de magueyales ni con los pies por delante, nos lo comunicó la garganta de Jorge Negrete en “México Lindo y Querido”. Otras veces las canciones son solo una forma de comunicar lo sucedido, anunciamos lo mal que nos sentimos, o el deseo de desahogo y venganza, solo entonces Los Cadetes de Linares raspan el bajo sexto, la guitarra, la tarola y: “me dicen el asesino por ahí... porque maté de manera legal a la que burló mi querer...”

El deseo de muerte es otra sensación que solo florea mediante experiencias que se acumulan sobre nuestros hombros, sin sabores y disgustos en momentos de flaqueza desganan el bien-vivir. La guardia se baja cuando el desconsuelo entra por la puerta grande y nos inflama el pecho, ni siquiera el fluir de ojos cristalinos desalojan la pesadez de estar vivo y brota el deseo de muerte, de dejar de habitar ya este mundo corpóreo como único remedio a un padecimiento que nos sobrepasa y que además se paladea. De nuevo José Alfredo y las brasas del mezcal en la garganta nos recuerdan ese deseo de ser  “El Jinete”, de ser visto allá “por la lejana montaña...” cabalgandocomo alguien que “...vaga solito en el mundo y va deseando la muerte... por eso lleva una herida, por eso busca la muerte”.

El exilio fragua en el corazón una guaparra que resquebraja el pecho desde adentro, crea un dolor de esos que solo se dejan ver por la lengua sangrante o al empuñar una pluma de fuego con el deseo de muerte. El verbo sordo se asoma como desahogo marchito, por lo menos los intentos están en aquellos que tienen a bien embellecer la palabra con versos, arado de desenfado y  sensación del apátrida. Con el desenfreno en la mente la poesía resulta de sensaciones a disgusto de aquel que ha sido abandonado por Coatlicue, del hermano “huérfano” que fuera de su tierra encuentra lo provisional, lo efímero día a día de quien se dice pertenecer de donde viene. Álvaro Mutis, un mexicano de Colombia, comparte el no alivio literalmente en “El Exilio”: “Y es entonces cuando peso mi exilio y miro la irrescatable soledad de lo perdido por lo que de anticipada muerte me corresponde en cada hora, en cada día de ausencia que lleno con asuntos y con seres cuya extranjera condición me empuja hacia la cal definitiva de un sueño que roerá sus propias vestiduras, hechas de una corteza de materias desterradas por los años y el olvido”.

“Qué lejos estoy del suelo donde he nacido... quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento” la sensación del desterrado y su pretensión fúnebre, la ha plasmado también el compositor Oaxaqueño José López Alaves, inmortalizando a su Estado y a una de sus varias leguas en la bellísima Canción Mixteca.

Entre los vaivenes que se le pueden achacar a la muerte también se encuentra los ritos que se sucintar alrededor de ella: el persignarse ante un difunto, descubrirse la cabeza frente al cadáver, dar el pésame a la familia, enterrar al occiso, cumplir su última voluntad, velar el cuerpo. Chava Flores retrata esto último con su acostumbrado y vehemente humor en “Cerró sus ojitos Cleto”. Se mencionan los dimes y diretes dentro de un velorio, la hipocresía de sus congéneres, el poco tacto por parte del médico, el descaro de la viuda y el abuso por parte del “respetable”; situaciones que, de alguna manera, no nos son ajenas en la cotidianidad en que vivimos: el sacar la aceptada hilaridad ante la seriedad de la situación.

Se sabe que hay de maneras de morir a maneras de morir, la forma en que un deceso llega puede enorgullecer a los de su clan. Ningún “sietemachos” con un par de aguacates bien afianzados al racimo aceptaría su futura muerte tan solo recostado en cama, esperando a que la vanidosa Catrina toque suavemente la ventana para que se le permita entrar como Juan por su casa, con el único fin de reconfortar al cuerpo entre sus brazos ¡A chingar a su madre! Un renombrado Indio suriano que carga pistola con seis cargadores, con calzones de manta y que se cubre del sol usando “punteao” el sombrero; un campesino de esos que invitan los mariachis sin importar la plata y aunque no entienda razones a media borrachera, con una botella en la mano le dé por gritar !VIVA ZAPATA¡ Un Chingón de esos solo puede morir por la fuerza, batallando y esquivando el puntiagudo filo de la calavera, rodeado entre tantos ecos como pueda escupir una Mauser. Un “Gabino Barrera” que se dé a respetar solo puede extinguirse en la balacera para caer como lo amerita su condición de revolucionario austral: Besando la tierra.

Y es que la muerte acompaña a la idiosincrasia del mexicano paso a paso, nos sigue a donde vayamos, es nuestra sombra marchando hacia el sol, va a nuestras espaldas y, no la notamos hasta que vemos una ajena y de frente. Nos pisará los talones, desgastará los guaraches paso a paso,  la sentimos y comunicamos la noticia como si el barullo la espantara; no, sabemos que no lo hará, tampoco nos burlamos de ella como muchos cegatones verborreicos se aventuran a decir. Hacemos alarde de ella cuando la conocemos porque solo así nos sabremos acompañados. Como una infinita procesión hombro a hombro, uno delante de otro y con la muerte cantándonos muy cerquita en la nuca y segando los espolones biográficos que sobresalen de nuestros talones. En el tumulto no nos sentimos solos, nos acompañamos uno a otro de experiencia propia a recién iniciado. No el respeto pero, sí el miedo a la muerte se aparta cuando voy con los míos, por eso tanta música en los velorios y en los panteones, por eso tantas canciones hablando de decesos y deseos mortuorios. Es que es parte de notros, es nuestra sombra la que puede bailar, la que nos toma por la cintura y nos marca el paso de un buen Danzón Cerrado.