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Año 2 | No. 8 | 2015.

| Fotografía Post Mortem

Sin importar el motivo por el cual fue hecha, la fotografía mantiene la vida de todo lo que captura, haciendo vivir eternamente aquellos momentos, situaciones o personas, los cuales prevalecen, sin importar tiempo o espacio,  incluso en algunos casos, hasta hace vivir por última vez a los muertos, dejándolos al alcance de sus seres más cercanos.

Por Fernando Solares | Julio 2015


La costumbre de fotografiar cadáveres, funerales y dolientes durante el duelo, es tan antigua como la fotografía misma. De hecho, el primer indicio de una fotografía post mórtem tuvo lugar poco después de la divulgación del invento de  Louis Daguerre (1787-1851). Es una práctica que evolucionó de la mano de la técnica fotográfica, así como de los cambios en las mentalidades y actitudes frente a la muerte.

Pero la idea de perpetuar nuestra imagen nos ha acompañado desde los faraones egipcios, que se hacían cubrir sus sarcófagos con representaciones grabadas de su rostro, hasta los mayas y sus máscaras policromas de jade, cada época ha tenido su forma de perpetuar la imagen de aquellos hombres ilustres o seres queridos que "se nos adelantaron" (como diría la abuelita). En el renacimiento, era muy común que a las personas que acababan de fallecer se les hiciera una mascarilla de yeso, la cual, capturaba su última expresión, de hecho, en el Palacio Nacional de la Ciudad de México está exhibida la máscara mortuoria del Benemérito de las Américas.

En el siglo XVIII, fue muy común que las familias que perdían a un ser querido hicieran retratar el cadáver como un intento de preservar una parte de él,  más aún, de negar la visita de la muerte, haciendo de esta practica fotográfica, un ritual necesario que les servirá como herramienta para asumir y superar la pérdida del ser querido; sin embargo, a los ojos de una mirada externa y contemporánea, resulta algo cruel, frío, tenebroso e incomprensible.

Las fotografías post mórtem, a las que se les llamó Memento Mori (acuérdate de la muerte, en español) son obviamente de difuntos, pero su verdadera importancia no radica en lo que vemos en ellas, sino en la necesidad de su existencia. Los protagonistas no son los muertos retratados, sino los dolientes.  Al fotógrafo se le pedía que el "modelo" apareciera "lleno" de vida, por lo que este, recurría a diferentes maneras para lograrlo; había quien maquillaba al cadáver para ocultar los signos de putrefacción; otros llegaban a inyectarle glicerina a los ojos del difunto para agregarle brillo a su mirada; incluso algunos llegaban al extremo de colocar soportes por detrás del cuerpo para hacerlo aparecer erguido, o pegarle los parpados al difunto para que parezca que esta distraído y no finado.

Pero el propósito de esta imagen, en parte era engañar a los familiares y amigos, "demostrando" que el muerto no estaba muerto, sólo dormido. Incluso existen algunas fotografías post mórtem a las que se les llamo Sleeping Beauty, las cuales, mostraban a hermosas muchachas recién fallecidas, que aparentaban estar recostadas descansando.

Así mismo, había otro tipo de fotografías menos frecuentes, donde no se tiene la intención de ocultar el estado cadavérico, maltrecho y putrefacto del retratado. La intención de  este tipo de imágenes, conocidas como Mourning Pictures, era exhibir el sufrimiento de los deudos, demostrando que el verdadero sufrimiento está en los que se quedan.

En esta parte del mundo, en América Latina, fue muy popular la fotografía post mórtem, de hecho, se tenía la creencia de que un niño bautizado que fallecía antes de los cuatro años tenía visa automática al cielo. A estos bebes difuntos se les conocía como Angelitos, y se convertían de inmediato en ángeles protectores de la familia que los vio partir. Los sepelios casi siempre devenían en escandalosas fiestas en donde se bebía, se bailaba y se reía. Eran motivo de alegría, no de duelo.

Por otra parte, es importante mencionar que las primeras imágenes fotográficas, requerían de un largo tiempo para fijarse en la placa empapada con emulsión de sales de plata, esta técnica llamada calotipo, tardaba hasta ocho horas de exposición para dar una imagen relativamente clara. Los modelos que se utilizaban eran objetos fijos y paisajes, para que un modelo humano pudiera ser retratado,  debía estar lo suficientemente quieto. Por esta razón, los difuntos eran sujetos ideales para el retrato fotográfico.

También, se podría explicar este fenómeno social, señalando que esta práctica se desarrollo en una época en que la fotografía no era habitual, ni estaba popularizada, y mucho menos era accesible para todos (como en la actualidad donde todos somos fotógrafos gracias al instagram), de tal modo que mucha gente moría sin haber podido ser retratado en vida, de ahí que muchas familias desearan una fotografía post mórtem de sus seres queridos, para que todo el mundo supiera que esa persona había pertenecido a aquella familia. La imagen se convertía en un objeto útil por servir de consuelo al saber que la imagen se captó y que en cierto modo el difunto sigue vivo, sigue presente.

De este modo, la realización de un retrato tras la muerte servía por un lado de documento mensajero dispuesto a dar fe del deceso a todos los familiares y conocidos, especialmente útil a aquéllos que no tenían posibilidad de acudir al funeral y a los cuales se les enviaban copias. Dicha fotografía cumplía dos funciones: para los familiares más cercanos y/o los que se encontraban en contacto directo con el difunto, el hecho de realizar las fotografías y enviarlas suponía otro de los pasos rituales tras la muerte, cuya finalidad es tanto honrar al muerto mediante las exequias y otras celebraciones, como asumir la pérdida mediante ellas y gracias en parte a las mismas. La fotografía, también  se transformaba en el documento gráfico que daba fe de lo ocurrido, con la contundencia que permitía el nuevo medio fotográfico y que no podía ser superado por ningún otro. Por tanto, esa prueba visual reforzaba la realidad de la muerte de todos aquéllos que no podían formar parte de los ritos funerarios, que al igual que la fotografía, tienen el objetivo de despedir al difunto y dar cohesión a los dolientes y prepararlos así para el duelo.

En la actualidad, la expectación y el choque que generan estas imágenes en el espectador, no se produce únicamente por ver a un cadáver, hecho al que los medios de comunicación nos han acostumbrado con la nota roja. El impacto radica en la confrontación visual de imágenes que en su gran mayoría, pertenecen a la categoría de fotografías familiares pero cuyo contenido es totalmente opuesto al de éstas, mostrando el mayor de los temores de la sociedad contemporánea: la muerte de un ser querido.