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Año 2 | No. 8 | 2015.

| El Fin de la Vida

El diccionario define a la muerte como “el fin de la vida”, explicado un poco más científicamente, la muerte es la finalización de las actividades vitales en un organismo, específicamente la inactividad definitiva del encéfalo. Por supuesto que esta definición dista mucho de saciar nuestra arcaica, siniestra y seductora curiosidad por la muerte, pero lamentablemente tampoco somos capaces de dar una que si lo haga.

Por Az Caballero | Julio 2015


“….la muerte es un cazador. La muerte me acecha. Por eso no tengo tiempo para dudas ni remordimientos, solo hay tiempo para decisiones. Si tengo que morir como resultado de mis acciones,
entonces debo morir…”

-Don Juan Matus-

Desde la época antigua, todas las religiones históricas se han dedicado a resolver el problema de cómo soportar el fin de la vida, tratando a través de la fe de lograr un  baño de inmunidad contra el mayor de los males, la muerte y el temor a ella.

Esta podría ser la razón por la que casi todas estas religiones tienen un “héroe divino” que regresó del mundo de los muertos, para permitirnos identificarnos con una figura que sea capaz de doblegar a tan poderoso adversario. Recordemos que la base del cristianismo es la fe en que Jesucristo venció a la muerte y resucitó de entre los muertos, así como también lo hicieron Horus, Mitra, Krishna y Gokú (jojo).

También casi todos las religiones prometen un lugar al que llegaremos después de morir dependiendo las acciones que realizamos en vida, como el paraíso, el Valhala o el nirvana (que no es un lugar sino un estado del alma), cosa que ha servido para que muchos utilicen este temor a la muerte para dominar a las personas.

Pareciera que lo importante radica en ubicar cual es el verdadero problema que tenemos con la muerte, que es lo que realmente nos aterra de ella, cual es el motivo de nuestro temor, donde y de que esta hecho ese “yo” que no quiere morir.

Es ese “yo” formado por las experiencias, las emociones y los recuerdos, el que teme a la muerte, el que no ubica la lógica de tan absurdo final, ¿para qué existir y vivir si al final todo acabará en la nada? Es ese “yo”, el que se ve superado por el abrumador sentimiento de no ser aniquilado y cae en la necesidad de querer sobrevivir a como dé lugar. Es esa voz en nuestra cabeza la que se pregunta si podrá existir sin carne, la que busca la manera de ser inmortal, a sabiendas que nada en el universo lo es, o al menos no para nuestros ojos mortales.

Y es precisamente en este punto en donde es importante no perder el rumbo. Es verdad, todos tenemos que morir algún día, y sí, es sumamente incomodo tener que recordar de vez en cuando que la muerte está esperando por nosotros, paciente e implacable. Pero es fundamental no olvidar que  lo importante de la muerte no es que hay después de ella, lo importante es como se transita el camino hacia ella. Solemos vivir nuestras vidas atrapados entre el pasado y el futuro, sin darnos cuenta que no existen, sin tener conciencia de que vivimos en el eterno presente. Como una vez dijo el maestro Bruce Lee, “es como un dedo apuntando a la luna, no te concentres en el dedo o te perderás toda esa gloria celestial.”

No permitamos que nuestra mente condicionada a los placeres efímeros y a los sentimientos banales nos distraiga de las cosas que verdaderamente importan, recordemos que la muerte acecha y no espera, que cuando llegue el momento, no  llevaremos nada con nosotros, solo el recuerdo del eterno presente en el que nuestra vida se mantuvo encendida. Si en verdad entendiéramos lo efímera que es la vida, nos atemorizaría menos la muerte y más el perder el tiempo.

¿Y es que acaso no morimos todos los días al llegar el sueño? ¿No son los primeros instantes del sueño una imagen de la muerte? En donde “una especie de velado letargo acaba de apoderarse de nuestro pensamiento, y no podemos determinar el instante preciso en que el “yo”, bajo otra forma, prosigue la obra de la existencia”.


Y es que cada que el sueño se apodera de nosotros, nada podemos hacer para impedir morir, y lo aceptamos, nos dejamos llevar y apaciblemente morimos cada día, ¿por qué entonces tanto pavor a la muerte?, si cada noche probamos las mieles del sueño eterno, donde el “yo” no sufre, no teme, no desea, no posee, ¿por qué tememos al único lugar en donde encontramos libertad lejos de nuestra cadenas de realidad?

Reflexionemos sobre nuestra existencia en este mundo, aceptemos el desafío de la vida y no temamos enfrentar a la muerte, y así como en paz vivimos nuestros días y morimos por las noches, vivamos nuestra vida sin preocuparnos por nuestro inevitable final, pues de alguna manera, no podemos asegurar que todo termine ahí.